San Pablo, en sus Cartas a los Gálatas y a los Romanos, hace contraste entre considerarse salvo “por las obras (de la Ley de Moisés)” o “por gracia, y mediante la fe.”
La fe, en cambio, es como un salto de confianza a los brazos del Padre muy amado. Los bienes que de él recibimos, y que son bien manifiestos en la persona y la obra de Cristo, son la razón de nuestra confianza que ya no lleva cuentas del infinito que recibe, y por tanto puede arriesgarse a amar, perdonar y servir al prójimo sin llevar cuentas tampoco. Lo que pretendía la Ley se logra finalmente en el régimen nuevo, el de la gracia y la fe. La Ley sirvió de pedagogo hacia la fe.
En la Carta a los Hebreos, capítulo 11, se da una especie de definición de fe, en la que se incluye la expresión: “prueba de lo que no se ve.” Para aprovechar esa definición conviene indagar bien a qué alude el autor de la Carta, sobre todo porque no faltan los que ven en un texto así un pie para sus críticas. Según ellos, la “prueba de lo que no se ve” sería un modo de conocimiento “irresponsable,” una especie de exaltación del mito y la fábula, o un parche para nuestra ignorancia.
“Lo que no se ve” dentro del contexto del autor de Hebreos, no tiene relación directa ni cercana con lo que investiga la ciencia moderna, basada en la experimentación, la repetición y la formulación de leyes. “Lo que no se ve” es la respuesta a las preguntas existenciales más hondas, aquellas que por su misma naturaleza escapan al método científico.“Lo que no se ve,” es ahí donde la fe aporta una luz profunda, que sin embargo no consiste tanto en certeza del lugar adonde voy sino confianza al reconocer con quién voy.
La fe no nace de un salto de la fantasía sino que es respuesta al testimonio que recibo de la comunidad creyente, y también y sobre todo, al testimonio interior que recibo del don del Espíritu. Y es esa fe la que se convierte en prueba de lo que no se ve, y garantía de lo que se espera.
Jesucristo pidió al Padre en su oración sacerdotal: “Pero no ruego sólo por estos, sino por cuantos crean en mí por su palabra, para que todos sea uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 20-21).El poder y el fuego divinos se trasmiten por esta vía y este orden: del Padre al Hijo, de ambos al Espíritu; del Espíritu a los Apóstoles, de éstos a sus sucesores; luego a los sacerdotes, y de éstos a los fieles consagrados y laicos; y de la Iglesia a toda criatura. Y el Hijo ha querido que María Santísima y san José, en unión con la Iglesia, también sean medio de intercesión para con las almas. Pues “no se puede hablar de Iglesia sin María” (MC 28). Pero no se puede hablar de Iglesia, de María y de Doctrina real, sin los Apóstoles y sus sucesores.
El propósito del discipulado es hacerse uno con el Maestro; lo cual no es posible si no se toma en cuenta y se integra la Jerarquía de la Iglesia; pues es a través de dicha Jerarquía que se recibe la gracia de Dios. Ninguna misión espiritual se puede realizar fuera de la iglesia, la cual es Una, Santa, Católica (universal) y Apostólica. La verdadera Doctrina sólo se da en el seno de la Iglesia. Toda acción, de cualquier índole, si se precia de ser espiritual, debe estar sujeta a los Apóstoles y a sus sucesores, los cuales poseen y conceden el Nombre de Dios.
Así lo quiso Cristo para bien de toda criatura. Y les concedió a los Apóstoles y a sus sucesores no solo el poseer y conceder el Nombre de Dios, sino la potestad para atar y desatar (pues en ellos y a través de ellos obra efectiva y eficientemente el Espíritu); o sea, para vincular con Dios y para deshacer las obras del demonio. La Educación como don, como la concesión de la filiación divina, del discipulado y del monacato, es una gracia que se recibe por trasmisión para ser cultivada. Quienes otorgan tales dones en nombre de Cristo son los Apóstoles y sus sucesores. No hay otra vía verdadera.
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