domingo, 17 de noviembre de 2013

Evangelistas


Cada uno de los Evangelistas tiene su peculiaridad, ellos son los grandes testigos que el Espíritu Santo ha dado a la Iglesia para que nos cuenten cómo han descubierto, qué han encontrado en ese misterio insondable que es el Hijo de Dios en nuestra carne.
 Mateo enfatiza el papel de Cristo como Maestro y Legislador; Marcos, en cambio, toma una postura bastante existencial, bastante práctica, nos habla sobre todo de las obras de Jesús, lo que el poder de Jesús le permite hacer en vidas humanas. El Evangelista Juan, el cuarto, nos hace una especie de reflexión sobre el ser de Cristo. El misterio de Jesucristo, en su maravillosa, en su incalculable hondura, asoma especialmente en las páginas del Evangelista Juan. Él es el que nos dice que este Cristo es la Palabra eterna del Padre.
 San Lucas, vemos en el capítulo número diecinueve de San Lucas, él es el Evangelista de la humanidad de Jesucristo, es el que nos cuenta de un modo más cercano, de un modo más entrañable, de un modo más narrativo cómo es el corazón de Jesús.
Inmenso bien nosotros, lo mismo que los antiguos israelitas, sentiríamos simplemente un pánico paralizante frente a ese Dios de los truenos, ese Dios santísimo, altísimo y poderosísimo, que sin embargo parece tan distante de nosotros. Sin quitar nada de la santidad de Dios, sin quitar nada de la grandeza de Dios, el Jesús que nos predica Lucas es el Jesús cercano, es el Jesús que es capaz de recorrer nuestros caminos, no solamente caminando,sino Aquel que es capaz de recorrer nuestras miserias, que puede comprender como desde dentro el drama del ser humano.
Estremecemos en el capítulo diecinueve que encontramos a Zaqueo, un hombre de corazón endurecido, un hombre egoísta y cruel que ha amasado una fortuna básicamente oprimiendo a sus propios paisanos, oprimiendo a la gente de su raza y de su pueblo. Todo el mundo lo detesta como traidor, como codicioso, como mezquino; pero Jesús va a su casa de Zaqueo, Jesús toca esa miseria, como también tocó el cuerpo de los enfermos, como tocó los ojos del ciego, como tocó la lengua del mudo; Jesús toca nuestra miseria, y al tocarla no se enferma Él, sino que nos sana a nosotros.
¡Qué hermoso testimonio! ¡Bendita humanidad, bendita mansedumbre de Jesucristo!
¡Oh, Jesús, ven a tocar nuestras miserias, ven a transformar nuestras vidas.

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