sábado, 9 de noviembre de 2013

Costruyendo



 
 Toda actitud moralmente buena consiste en la entrega a lo que es objetivamente importante, en el interés hacia algo precisamente porque tiene valor. Por ejemplo, dos personas son testigos de que se va a infligir una in-justicia a otra tercera. La que en toda circunstancia se preocupa solo por lo que le resulta agradable, no se dará por aludida porque calcula que el daño causado a otra persona no le reportará ninguna molestia. Por el contrario, el segundo testigo desea que el sufrimiento recaiga sobre él antes que permanecer ajeno a la injusticia que se cierne sobre la otra persona. Para este segundo testigo, la cuestión preponderante no es lo que le resulta agradable, sino lo que es importante en sí mismo. Este último se comporta moralmente bien, mientras que el primero lo hace moralmente mal porque omite con indiferencia la cuestión del valor.

El que una persona elija o rechace algo que es agradable pero indiferente desde el punto del vista del valor, depende de los propios gustos. El que una persona tome o no una comida excelente depende de ella. Pero el valor positivo pide una aprobación y el negativo, un rechazo por nuestra parte. Cuando nos encontramos frente a un valor, el modo en que debemos comportarnos no de-pende del arbitrio del propio gusto, sino que nos tiene que preocupar dar la respuesta adecuada, porque los valores requieren de nuestra parte que les prestemos el interés debido y les demos la respuesta adecuada. Ayudar o no ayudar a una persona que lo necesita no depende del arbitrio del propio gusto: es culpable quien ignora este valor objetivo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario