martes, 19 de noviembre de 2013

pRESENTACIÓN

En la Presentación de la Santísima Virgen, la Iglesia celebra esa donación de sí misma a Dios que realiza María, sino precisamente como fruto de esa familia, y en realidad, como el fruto de todo el caminar de un pueblo.
María es un regalo de Dios para la historia de los hombres, pero María es también el fruto precioso que el largo camiar de un pueblo finalmente puede ofrecer a su Señor.
Esta fiesta de la Presentación de la Virgen, es la fiesta de un doble regalo que el pueblo de Dios ofrece a su Señor, pero también es el regalo que Dios ofrece a su pueblo.
Es regalo del pueblo a su Señor, porque sólo a través de ese camino, de ese largo camino marcado por el pecado o por la desgracia, pero también por la esperanza y por la alegría, sólo ese camino se hace posible este momento de la autodonación de la Virgen.
Es regalo de Dios a su pueblo, porque precisamente en esa generosidad de la Virgen, se abre por fin la puerta de la salvación por la que habrá de entrar el Rey de la gloria, por la que el Verbo encarnado podrá ofrecerse enteramente a nosotros.
María se nos descubre como puerta de Dios para los seres humanos y como puerta de los seres humanos para Dios. ¿A qué precio? Al precio de desaparecer en cierto modo Ella misma.
Para ser enteramente puente, para ser totalmente puerta, hasta cierto punto hay que desaparecer. Y así esta fiesta de la Presentación de la Virgen significa también como su perfecta conformidad con la voluntad de Dios, con lo cual la voluntad de Ella, su voluntad de persona, de mujer, de discípula, queda totalmente anonadada y totalmente exaltada al mismo tiempo.
De esta fiesta en adelante, ya no va a aparecer voluntad de María que no sea voluntad de Dios; y en ese sentido, en esa perfecta esclavitud que luego Ella declarará ante el Ángel cuando dice: "Soy la esclava del Señor" San Lucas 1,38, esa plena esclavitud no nos dejará ver a María sin descubrir a Dios. La voluntad de María queda absolutamente anonadada, pero también queda absolutamente exaltada.
En ninguna creatura como en Ella se cumplen tan perfectamente las palabras de Cristo: "El que se humilla será ensalzado" San Mateo 6,6, porque efectivamente, sometiendo por completo su voluntad a la de Dios Padre, que de tal manera la ama, María se convierte en cierto sentido en omnipotente y en omnisapiente y en omnipresente.
María participa de modo singular de la eficacia de la obra divina en las creaturas, por eso goza de un poder, de una sabiduría, de una misericordia, que ninguna otra creatura puede tener.
Lo goza por participación ciertamente, pero como Dios no es mezquino, sino gozoso en darse, no hay medida para el poder de la Virgen. Por algo la Iglesia le ha aplicado aquellas palabras de que "es terrible como un ejército formado para la batalla"; pero también goza del poder de la misericordia de Dios, y por eso en su corazón compasivo encontramos refugio todos nosotros los pecadores.
En esta fiesta estamos celebrando también la conformidad de unión de la voluntad de María con la voluntad de Dios. Y en cierto modo, la vida de la Virgen no va a ser otra cosa sino el desarrollo de esta fiesta.
Decíamos en otra oportunidad que se trata quizá de la fiesta más humilde de la Virgen, porque no está acompañada de hecho extraordinario alguno, porque no está adornada con milagros o con carismas especiales. Desde la humildad de esta fiesta se pueden comprender todas las otras fiestas, y desde la sencillez de este día se pueden comprender todos los días de la Virgen. Esta celebración es  una invitación a la contemplación. Si empezamos por exigirnos a nosotros mismos, si empezamos por reclamarnos a nosotros, fácilmente podemos desanimarnos. Porque pedirle generosidad a un corazón que no tiene amor, es pedirle imposibles.
Y por eso, no serán las muchas disposiciones legales o constitucionales, no serán las muchas obediencias y ni siquiera los muchos consejos los que logren que nosotros seamos realmente de la Presentación. Lo primero que se necesita es que se encienda en nosotros un amor semejante al de la Virgen; lo primero que se necesita es que el mismo Dios que nos está jalando hacia Él, nos empuje hacia Él. Con Dios sucede así, que no podemos llegar a Él, aún reconociéndolo como bien nuestro, si Él no está también empujándonos.
Necesitamos de Dios no sólo para que nos atraiga con sus bienes, sino para que nos impulse, nos impela, desde nuestra misma historia nos mueva hacia Él.
En este sentido, nuestra primera tarea en este día, y siempre que meditemos en la Presentación de la Virgen, no es empezar por recriminarnos, o no es empezar por hacer grandes propósitos o grandes esfuerzos. Nuestra primer tarea, si así se le puede llamar, es la de abrir bien los ojos, la de abrir bien el corazón y la de aspirar el aroma, el suave aroma de la generosidad de Dios y de María.
En este día de tantos perfumes, lo primero es aspirar esos aromas de generosidad, de gracia; lo primero es dejar que se pegue a nuestra ropa, a nuestro cuerpo, a nuestro corazón ese amor, que se peguen esos amores a nosotros, que podamos deleitarnos en esos amores.
Viendo amar, seguramente nos moverá el amor; viendo amar, llegará el día en el que todos nosotros unamos nuestra pequeña lamparita a estas hogueras de amor;  viendo amar, llegará el momento en que también nosotros unamos tímidamente nuestro canto a los cánticos de alabanza de los Ángeles y de la misma Virgen.
 En ese momento, sólo en ese momento, podremos empezar también nosotros a presentarnos enteramente a Dios, y a buscar que su voluntad sea nuestra dicha, y a encontrar en Él y sólo en Él nuestra fortaleza; y a empezar también nosotros a aprender a ser omnipotentes y a aprender a saberlo todo.

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