sábado, 16 de noviembre de 2013

Medio Ambiente

 
 El desarrollo de la mirada ecológica .
Hijo de la modernidad de un siglo que comenzó tarde y terminó temprano, el cine analizó rápida y amargamente las consecuencias de una revolución tecnológica de la que, empero, también era parte. Transformaciones que impactaron de manera contundente en una sociedad que vio transmutar todas sus expresiones y que, tal como recuerda Jacques Aumont, en el cine tuvo su origen en una modernidad estética e industrial atada al devenir del espacio legitimante. Reproducciones simbólicas de un sitial autorizado ante el cual las vanguardias artísticas intentaron una respuesta contracultural. Seguramente, en esa mirada crítica al progreso industrial (y su mecanización) el cine haya brindado sus más logradas expresiones, con títulos como Para nosotros la libertad, Tiempos Modernos y Metrópolis, o aquellos que hicieron foco en el espacio urbano y su choque con lo rural, tal es el caso de El secreto de vivir, Un yanqui en Escocia, o entre nosotros Nobleza gaucha, que inauguró en tiempos del cine mudo la relación campo-ciudad. Empero todos estos ejemplos, y muchos otros más, ejemplificaban el conflicto sobre la base del paradigma "tradición vs. modernidad". Lo bucólico de la llanura frente a la estridente ciudad y su ideal de progreso. Era muy pronto para pensar el impacto ecológico de un modelo económico de producción que haría mella en los recursos naturales de las décadas siguientes; aunque Robert Flaherty en La Tierra (1942) realizó un temprano estudio sobre la erosión del suelo en los Estados Unidos como consecuencia de un modelo agricultor equivocado. Este director, amante de aquellas comunidades no insertas en la contaminación de la sociedad moderna, muestra en sus películas un lirismo único al retratar a quienes estaban lejos de las sociedades "civilizadas". Aunque sería prematuro considerar a Flaherty un director ecologista resulta innegable su gran conciencia antropológica, que le permitió explorar el Ártico, el Lejano Oriente o la tupida selva con igual interés, respeto y profesionalismo, alejándose del tren y de la fábrica que fueron las primeras imágenes del cinematógrafo e indudables ejemplos de la industrialización capitalista. Gracias a la inspiración positivista, algunos ejemplos del período mudo incluyen La vida microscópica dentro del estanque (Jean Comandon, 1903), La metamorfosis de la mariposa filmada por el italiano Omega, y la experiencia local con La mosca y sus peligros (Martínez de la Pera y Gunche, 1920).
Pensar a la Ecología como un nuevo género cinematográfico tiene asidero en la posibilidad teórica contemporánea de reconocer y asimilar la mixtura de géneros. El catedrático español Santos Zunzunegui sostiene que el cine contemporáneo adhiere a la técnica de bricolage y culmina siendo entonces la sumatoria de gran cantidad de lecturas anteriores, donde incluso pueden verse las marcas de aquellas que originaron el nuevo modelo discursivo. Frente al género de raigambre clásico e imperecedero, las nuevas estructuras permiten variadas incorporaciones o recreaciones, que tienen la singularidad de pertenecer a su propio momento histórico, aunque, desde una perspectiva sociológica, pueda entenderse sólo como un reagrupamiento de los factores comerciales en beneficio exclusivo del consumo. En rigor, este último análisis permite desnudar la política del cine de géneros de los grandes estudios, interesados en un procedimiento narrativo que fuera asimilado por la mayor cantidad de público posible.
Toda redacción de carácter histórico necesita el "mito fundacional", el instante sublime donde el genio innovador sentó las bases de todo aquello que después sobrevendría. La historia registra a los grandes transformadores pero no así a los cientos de esfuerzos individuales que permitieron ese surgimiento. La ecología dentro del campo del cine tiene en Jacques Cousteau a esa "ficción orientadora" que la constituye. El mundo silencioso, dirigida por Cousteau junto con Louis Malle (reconocido luego por Ascensor para el cadalso, Los amantes o Atlantic City), significó la primera aparición contundente de la exploración documental de nuestro planeta. En aquella, basada en un libro del propio oceanógrafo de cinco años antes, el Calypso buceaba las aguas del Mar Mediterráneo, del Golfo Pérsico y del Mar Rojo descubriendo a los espectadores las insospechadas maravillas de la vida marina. Aunque no todas fueron rosas por algunos poco ortodoxos procedimientos que intervinieron los paisajes naturales que retrataba, eso no minó su reconocimiento como uno de los que mejor y más tempranamente comprendió el impacto que el cine podía contribuir en pos de una conciencia planetaria. Cousteau extendió su influencia a la televisión, medio en el cual David Attenborough fue otro de los pioneros de documentales sobre la naturaleza. En la televisión de todo el mundo, incluso en nuestro medio a través de la recordada La aventura del hombre con Mario Grasso, se abrió tempranamente un espacio de exposición de determinadas investigaciones sobre la realidad del medio ambiente

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