Muy interesante, es cómo Dios ha venido conduciendo la historia a través de las voluntades humanas.
Lo más maravilloso de ver este plan de Dios en la Sagrada Escritura, es ver cómo se cumple a través de las voluntades humanas. Eso no lo podemos olvidar nunca. Dicho de una manera, el mal no es un freno para Dios; el mal no detiene el cumplimiento de la voluntad divina.
Esto es algo muy profundo. Así obra Dios también en nuestra vida. Dios no nos da las cosas de una vez. Dios, más bien, hace como en los grandes banquetes: da un aperitivo, y luego da el plato fuerte; da la degustación, y luego da la realidad. ¿Para qué sirve la degustación? Para despertar en nosotros el hambre, el deseo.
¿Qué fue lo que hizo Dios llevando a Abraham a Canaán? Darles una degustación, les dio a saborear. Les dio lo suficiente para que apreciaran la dulzura, pero no les dio lo suficiente como para quitarles ya el hambre.
Así nos lleva también Dios a nosotros. No pidamos algo distinto. Esto lo hace Dios de muchas maneras. Dios nos lleva a experimentar consuelos espirituales dulcísimos. Hay veces que nos sentimos abrazados y amados por Jesús, pero luego como que se fue. Era una degustación. Lo suficiente para que supiéramos el cariño que nos espera, pero no lo suficiente como para que nos estacionemos.
Las anticipaciones de Cielo más significativas, las que más impactan nuestro corazón, son las que tienen que ver con la Palabra de Dios, con los Sacramentos y con el ejercicio de la caridad. Todo ello, desde luego, unido a la oración, que se presupone.
En los Sacramentos, hay confesiones que verdaderamente, se sienten: "Dios es pura misericordia", es un saborear, es la dulzura de la misericordia. En la Eucaristía se siente muchísimo.
Santo Tomás, predicando de La Eucaristía, dice: "En ella se experimenta la dulzura de su propia fuente,el gozo eterno". En los Sacramentos se siente, en la Palabra de Dios se siente: "Tu Palabra es dulce, tu ley es dulce, tus mandatos, tu sabiduría".
¡Hay veces que es tan dulce la Palabra de Dios! ¡Es tan dulce sentir cómo nos ilumina, cómo nos transforma! ¡Es tan dulce ver toda la sabiduría que está ahí para nosotros! Desde luego, en el ejercicio de la caridad.
Dios con nosotros, tiene que llevarnos a Canaán, que es la tierra de la consolación, diría San Juan de la Cruz, y tiene que llevarnos a Egipto, que es la tierra de la desolación. Y entre Canaán y Egipto; es decir, entre la consolación y la desolación, ahí nos va llevando, ahí nos va guiando.
Consuelo, consolación, para que no nos falten las fuerzas; desolación, para que no hagamos tienda demasiado permanente en esta tierra. Desolación, para que no se nos olvide que somos peregrinos; desolación, para que no idolatremos a nada ni a nadie en este mundo. Consolación, para que sepamos que Él es bueno; desolación, para que sepamos que sólo Él es bueno.
Cuando ya hemos aprendido esas dos cosas, estamos preparados para volver a la tierra prometida, que eso fue lo que sucedió. Después de que estuvieron en Egipto, ese poco de tiempo, "cuatrocientos treinta años", dice San Pablo Carta a los Gálatas 3,17, volvieron a Canaán, y cuando volvieron a Canaán, ya podían disfrutar, ya podían gozar de esa tierra.
La peor desolación del Antiguo Testamento fue, ¿cuál? El destierro. Pero luego vino el gran consuelo. El gran consuelo, Jesús, su Palabra, sus milagros. ¡El gran consuelo! ¡Ya llegamos! ¡No! Todavía no llegamos, porque entonces viene la gran desolación, la Cruz. Y luego viene la gran consolación, el Espíritu de consuelo, el gran Consolador, que es el Espíritu Santo.
Esas son las grandes desolaciones que ya cada uno experimenta, hasta que va uniendo su muerte a la muerte de Cristo. Y entonces, ahí sí viene la última, que esa sí es la gloria del Cielo que ya no tiene ocaso. Así nos va llevando mi Dios, entre consolaciones y desolaciones, entre Canaán y Egipto Dios nos va conduciendo, y Él sabe lo que nos va dando, y sabe cuánto necesitamos.
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