viernes, 5 de julio de 2013

Confrontación


El ensayo consiste en la confrontación entre la antropología cristiana y la imagen antropológica que se desprende del análisis freudiano. Aunque breve y fragmentario este estudio comparativo es ambicioso: la imagen freudiana y la imagen cristiana del ser humano, frente a frente.

El ser humano no puede vivir sin algún grado de comprensión de sí mismo debe autocomprenderse de alguna manera: el modo de concebir su propia esencia es un elemento determinante de su modo de existencia. Por eso, la exploración del alcance cognoscitivo de las diversas concepciones antropológicas no se circunscribe al campo de un mero interés académico, entra en juego la propia vida.
Aunque es difícil medir el grado de pervivencia de un pensamiento, está fuera de duda que el estereotipo modelado por Freud ha marcado la autocomprensión del ser humano en sectores de la cultura contemporánea.

En Freud confluyen largas franjas de la filosofía moderna que han dado muestras de una extraña ceguera frente a la revelación cristiana: se dan cita un materialismo con pretensiones de rigor científico de corte positivista y un evolucionismo sombrío, condimentado con ecos mitológicos de sabor arcaico. El hombre se concibe como un terreno disputado por fuerzas cósmicas, impersonales...

Heredero del iluminismo progresista, del positivismo de Comte, del evolucionismo materialista de Darwin, el psicoanálisis deduce sus categorías de un burdo mecanicismo, con un modelo hidráulico del dinamismo psíquico.
Parejamente a la antropología de Marx y de Darwin, considera a la materia como principio y al espíritu como derivado o reflejo. La espiritualidad se considera como una superestructura (Marx), una evolución (Darwin), una sublimación (Nietzsche) de la materia.

En sus antecedentes filosóficos también figura Schopenhauer para quien el amor no es otra cosa que el instinto sexual más determinado. La "voluntad" de Schopenhauer sería análoga a las pulsiones del inconsciente. También mantiene una deuda con Feuerbach, que piensa la religión como una forma de alienación de las perfecciones naturales del hombre, y con Nietzsche, para quien la conciencia moral no es otra cosa que una forma de enfermedad, una retorsión de los instintos reprimidos.
La revelación cristina nos muestra al ser humano como imagen de Dios, pero imagen deformada por el pecado y la injusticia, aplastada y oprimida de tal manera que se hace difícil su reconocimiento.

Jesucristo es el Salvador que viene a restaurar la imagen primitiva y enriquecerla con una belleza aún mayor. Jesús es el Hijo de Dios Padre, la misma substancia, y esa filiación es puro amor, libertad, suprema intimidad y goce de comunión personal. Salva al hombre en cuanto lo introduce en esa filiación divina. Por contraste, la filiación en Freud no traspasa el horizonte mitológico de un conflicto fatal.

La vida cristiana representa una transformación profunda de la persona, desde el "hombre viejo", esclavo del pecado, al "hombre nuevo", liberado, redimido por Jesucristo. Estas dos figuras se enfrentan dentro de la misma persona y mientras permanece la pugna, constituyen un drama existencial.

¿Cuáles son los rasgos que determinan la fisonomía del uno y del otro? El hombre pecador se halla dominado por una injusticia de fondo. Es incapaz de vivir una relación de amor verdadero. No sabe lo que significa la entrega desinteresada a las otras personas. Ni siquiera se posee a sí mismo, más bien se halla poseído por fuerzas compulsivas que lo empujan a ejercer una relación de codicia sobre las personas y las cosas, en un afán utilitario. Todo lo convierte en medio para un fin ilusorio: el placer, el poder... Pero, ¿qué es placer y qué es poder para el hombre pecador?: una ilusión de plenitud, el anhelo del Bien infinito, pero groseramente falaz, porque el bien no se encuentra en cualquier experiencia de placer o de poder, sino en la realidad personal que se vive solamente en la relación de entrega recíproca, es decir, en el amor. Pero, justamente, el pecador se niega a entregarse y también se niega a aceptar sin condiciones a la otra persona. Pretende someter todo a la categoría de objeto inmediato de posesión y, en esa misma medida, suprime la raíz del vivir personal: no ejercita la libertad como regalo y ofrenda de sí mismo. El hombre viejo está perdido, es la antítesis del hombre nuevo. "El que quiera conservar su vida la perderá, pero el que entregue su vida por amor a Mí, la encontrará", dice Jesús.

El ser humano nuevo vive en libertad, gratuitamente, en actitud de servicio generoso a los demás. Dios le ha revelado el valor de la persona creada, invitada a participar de la vida divina. La vida de Dios es amor infinito de su intimidad trinitaria. Toda la familia humana fue elevada con la misma vocación.

Jesucristo se ofreció en holocausto para restituir al ser humano la relación filial con Dios Padre en el Infinito Amor. Destruyó el pecado con todos sus daños y perjuicios. Hijo eterno del Padre, y además hombre verdadero, realizó en beneficio de toda la humanidad lo que ningún otro hombre podría jamás haber realizado: la respuesta al don del Padre con un don del mismo valor la Persona de Cristo hombre es la Persona del Hijo eterno, de la misma naturaleza que el Padre y con idéntico Amor Infinito. En Jesucristo, toda la humanidad tiene acceso a la relación de Vida y Amor eterno del Hijo con el Padre.

Al establecer una confrontación entre la imagen cristiana y la freudiana, ¿cuáles piezas calzan y cuáles se repelen? En los análisis y teorías de Freud no se encuentra la más mínima traza del "hombre nuevo", ni el más débil vestigio de la obra redentora de Cristo, como si ésta nunca hubiera existido. Las interpretaciones que Freud propone del "mito" cristiano no rozan siquiera el concepto que el cristianismo administra sobre el contenido de la propia fe.

Indudablemente el interés de Freud se centra en el ser humano deteriorado por la enfermedad mental. Si tenemos en cuenta que del pecado se derivaron todos las falencias y malaventuras la misma naturaleza humana enfermo, no nos sorprende que comparezcan en su registro ciertos rasgos típicos del "hombre viejo": el afán posesivo, el odio a quien se contraponga a los deseos de placer, los celos, la envidia, los miedos, la agresividad, un envilecimiento radical de todas las relaciones humanas desde sus más tempranos albores... De una u otra manera Freud detecta estos elementos a lo largo de sus observaciones sobre los conflictos y alteraciones que padecen sus pacientes; después los procesa y levanta su edificio teórico y especulativo. Así surge lo que podríamos llamar "antropología freudiana".

Un cuadro se compone de luces y sombras en resaltado contraste. Así, en la revelación cristiana es posible medir la oscura densidad del "hombre viejo" desde la luz del "hombre nuevo". El "hombre nuevo" se encuentra en el principio y en el fin de la historia, mientras que el "hombre viejo", el hombre del pecado, es efecto de una caída.

La antropología freudiana no conoce este "contraste" y, por lo tanto, no comprende las dimensiones del deterioro, menos aún encuentra la solución. Es una antropología que no excede el horizonte fatalista y desesperado, denominador común de todas las culturas y civilizaciones que habitan fuera de la revelación judeocristiana.

Freud está persuadido que los primeros sucesos de la infancia ejercen un influjo determinante. Sobre cada individuo pesa, además, fuertemente marcada por los acontecimientos del origen, la historia psíquica de toda la humanidad. La primera experiencia traumática se remontaría a un suceso ocurrido en los albores de la historia. El padre de aquella sociedad primitiva, el caudillo de la tribu, era un individuo feroz y autoritario. En todos los súbditos cundía un sentimiento de temor, unido al de admiración y reconocimiento por el beneficio de amparo. Ese padre déspota consideraba como propiedad privada a todas las mujeres de la tribu. La tensión entre los súbditos y su jefe fue en aumento, hasta culminar en un regicidio o parricidio. Más tarde vinieron los remordimientos, el ansia de recuperar la figura paterna, la idealización de un ser superior, poderoso, dominante, protector.

Esta teoría del parricidio, que se presenta como una suerte de pecado original, no puede menos que sugerirnos un franco cotejo con la enseñanza cristiana: las consecuencias del primer pecado envenenan a los descendientes, y sólo Dios puede subsanarlo con su obra redentora.

En todas las antropologías se menciona alguna quiebra, alienación o fracaso del hombre, un grave percance que lo dejó seriamente averiado. Se siente la importancia de conocer el inicio del decurso histórico y todo el resto de la trama. Una reflexión penetrante sobre la esencia del pecado original permite ubicar las coordenadas dentro de las cuales se hace posible el discernimiento de las diferentes concepciones antropológicas.

Freud entiende que la enfermedad es un escaparate de privilegio donde se manifiestan los elementos y conflictos de la psiquis. Pero, ¿es posible medir la deformación, saber hasta dónde llega la avería de una enfermedad, sin conocer de antemano el modelo original, sin haber recibido la noticia sobre la verdadera esencia del hombre? La antropología cristiana, gracias a la revelación divina, cuenta justamente con esa noticia.
Me atrevo a decir que Freud contempla al ser humano "caído" sin sospechar el desnivel, la altura de la caída y, por consiguiente, sin ninguna perspectiva trascendente de redención. Para Freud, cualquier "mejoramiento" moral es puro artificio, mero encubrimiento del egoísmo. Dios es considerado simplemente como una instancia psíquica represora, sin otro fundamento que lo vivido entre los hijos y el padre. Ignora la primera comunión de Amor Infinito entre el hombre y Dios, el pecado como ruptura y pérdida de esa comunión y, con desconocimiento aún mayor, la realidad de la nueva y eterna Alianza inaugurada por Jesucristo.

En la concepción cristiana el ser humano sostuvo al principio una relación personal positiva y libre con Dios, y también con sus semejantes. El pecado fue el rechazo de esa relación; a partir de ese momento, aparece en los descendientes la herencia de una voluntad opuesta al querer divino. Para Freud, al revés, la incompatibilidad con el padre, el conflicto, siempre existió como una marca de fábrica, como algo intrínseco a la esencia humana: no se recuerda una época, al comienzo, donde reinara la armonía.

Supongamos una persona que nunca ha visto un ánfora, y se encuentra de pronto ante un conjunto de fragmentos un ánfora hecha añicos, los examina, forja hipótesis sobre el trayecto descrito anteriormente por esos trozos, y elabora una teoría sobre el ánfora. Es decir, la imagen de lo que un ánfora es, la extrae del conjunto de fragmentos dispersos. En todo caso, señala la causa de algunos desplazamientos, pero sin vislumbrar el modelo inicial unificado y sin comprender, por consiguiente, la existencia y menos aún la naturaleza de un primer golpe. Imaginemos que después se ofrece a su mirada un ánfora sana. Tal vez se le ocurra pensar que se halla ante un bizarro invento compuesto por el ensamblaje artificial de las piezas precedentes.

Para Freud, el ser humano "normal" es una síntesis poco exitosa de fuerzas psíquicas que, en la enfermedad, están disgregadas y mutuamente entorpecidas. La vida anímica se organiza sobre la base de sensaciones de índole libidinosa que conservan casi siempre, en las sucesivas etapas, su independencia y anarquía. Cuando la sexualidad entra a gravitar en el orden genital y está en condiciones de servir a la reproducción, alcanza su funcionamiento considerado "normal", bastante ajeno a las primitivas apetencias del instinto que sólo en algunos casos y siempre con dificultad se amoldan a la función "normal".
Las relaciones humanas, por su parte, no pasan de ser una pugna donde cada uno sofoca al otro. El primer trauma anímico, decisivo para la historia, supone en el mismo comienzo, en la comunidad primitiva, un estado de conflicto y latente ruptura desde la que es imposible ir más atrás, hasta un nivel donde coincidan la armonía y la madurez de las relaciones.
Freud maneja una imagen antropológica compuesta de elementos desunidos. El conflicto original se repite, irredimiblemente, en todos los individuos de la especie.
Los temas de los capítulos de este ensayo responden a algunos conceptos freudianos más frecuentes. No obedecen al orden cronológico de su evolución especulativa ni tan siquiera a una estricta lógica, aunque he procurado afrontar de entrada las ideas básicas sobre religión y moral, definitorias del sentido antropológico de toda su teoría.

La parte expositiva, hilvanando citas, suele ocupar la parte primera o todo un capítulo. A medida que se avanza en la exposición, se van interpolando observaciones críticas sobre la base de la antropología cristiana. Como este libro surgió de los apuntes anotados a lo largo de la lectura de las obras de Freud, adolece del inconveniente que ambos planos comparezcan encimados. Pero bien mirado, puede servir para suscitar la reflexión, pues no siempre el orden pulido, los límites demasiado precisos, son el mejor método para el pensamiento.
Los escritos de Freud van desde 1885 hasta 1939, año de su muerte, con su última obra Moisés y la religión monoteísta. El entramado de citas que entretejen mi exposición crítica se centra sobre todo en el período más maduro de su pensamiento. Su interpretación del Dios de la Biblia mediante el complejo de Edipo, contenida en el último libro, es precisamente el fruto final de sus reflexiones. Psicología de la vida erótica (1918), Más allá del principio del placer (1920), Psicología de masas y análisis del Yo (1922), El Yo y el Ello


¿Cómo reconstruir mi vida?
La vida es entretenida y rica, es fascinante, a pesar de esos momentos en que ocurre lo que no deseamos, ella está en permanente cambio porque tiene de todo, y eso nos estimula cuando llegan las dificultades… pasarán. Apreciamos lo bueno de ella y sus maravillas, en gran medida, cuando aprendemos a valorar y apreciar sus permanentes aspectos positivos, los que en algunas ocasiones nos cuesta reconocer. Y esto ocurre cuando logramos tener consciencia de lo bueno que tenemos y de los aspectos que no deseamos tener ni tenemos.

Todo está cambiando, todo está pasando; unas situaciones que dependen de uno y otras de las que dependemos. Cuando aprendemos a reconocer el valor y la fuerza de las acciones que dependen de uno mismo y reconocemos su poder para cambiar o afectar nuestro entorno, se inicia el gran descubrimiento: Puedo alterar el sentido de muchas cosas que ocurren a mi alrededor; puedo afectar la vida de quienes me rodean según la forma en que yo viva; puedo ayudar a muchas personas a cambiar lo que ven como una limitación y sufrimiento, por algo con sentido y más valioso. No se trata de que podamos hacer desaparecer la causa del sufrimiento propio o ajeno, sino de que podemos influir en sus vidas y lograr que dejen de preocuparse tanto por lo que padecen y que comiencen a fijarse en esos olvidados aspectos que alientan y dan esperanza, que los hacen sentir nuevamente alguien valioso, y querido…

Si te sientes afectado, triste o deprimido; con o sin razones para ello, la fórmula para levantarte, luchar y vencer, está en aprender a mirar a tu alrededor, a quienes te rodean y con especial atención a sus necesidades para reconocer en qué podrías ayudarles. Tienes que salir de ti mismo, y si es posible, olvidarte de ti mismo; trata de hacer tuyas las necesidades ajenas, tómalas y vivelas como si ellas fueran tu responsabilidad, como si tú tuvieras la clave para ayudar, curar y solucionar… y llévalo a la práctica.

Suena a una locura o a una contradicción, ya que cuando no somos capaces de solucionar nuestros propios problemas debemos intentar solucionar los ajenos. A pesar de lo que nuestra mente nos diga, en este momento descubrirás un gran milagro en tu vida: En contra de lo que hemos aprendido y contra toda lógica humana, lo pequeño y lo cotidiano o lo insignificante de nuestras acciones por otra persona se pueden convertir en gigantes y con un efecto que puede llegar a transformarlo todo. Verás que muchas de esas grandes preocupaciones que nos atormentan comienzan a perder importancia frente a otras que sí tienen sentido, ya que tu verdadera vida está formada de millones de detalles diarios y cotidianos, a los que por ser tan pequeños no siempre les asignamos la gran importancia que tienen. Ellos, los pequeños gestos y acciones que hacemos en un momento de nuestra vida para mejorar o ayudar en algo pequeño un aspecto en la vida de quienes te rodean, son los más importantes para ellos y para tí mismo. Y su efecto acumulativo con el correr del tiempo (gracias a la constancia), las transforma muchas veces en grandes acciones, tan grandes que sólo es posible apreciarlas cuando en tu vida miras hacia atrás. Por eso, no te preocupes ahora de ellas ni de su tamaño, sino de mirar a tu alrededor; para reconocer a tiempo dónde, cuándo y cómo puedes ayudar a cada persona de esas con las que estás en contacto cotidiano (todas ellas son importantes para ti).

Para reconstruir una vida pueden existir varios caminos, pero uno es seguro y es el que acabo de contarte. Es seguro pero no fácil, a Jesús lo crucificaron por explicarnos y decirnos tan extremadamente claro “niégate a tí mismo y sígueme”. Seguirlo significa hacer la voluntad de su Padre, su voluntad es que seamos felices y el “cómo ser más felices” se logra encontrándolo a Él, pero ¿dónde? En el prójimo… Esto significa, en tú prójimo. ¿Porqué? Porque la felicidad verdadera sólo la encuentras por el camino del amor, y al amor verdadero se le encuentra compartiéndo; compartiendo felicidad, esto es dando amor.

¿Muy religioso? Hoy la psiquiatría moderna está llegando después de muchas vueltas a la misma conclusión, porque es natural. Pertenecemos a una naturaleza humana que nos es común a todos. A veces en la vida nos sentimos como perdidos, y quisiéramos saber quienes somos y cómo somos de verdad, si somos queridos y apreciados y cuánto,… todo esto lo puedes encontrar en quienes te rodean, porque también en ellos puedes apreciar el reflejo de ti mismo y el de tu verdadera personalidad. Pero no preguntando sino actuando; dirigiendo tu vida y acciones hacia los demás, hacia quienes te rodean y son importantes para ti porque puedes participar en sus vidas. Participar en una vida es compartir, y nuestro máximo deseo es compartir felicidad. La felicidad no llega cuando la esperas pacientemente o resignado, la felicidad llega cuando sales a buscarla, cuando sales a su encuentro. Salir a su encuentro es salirse de uno mismo para dirigirse hacia el otro buscando su felicidad antes que la propia. Esto se llama darse, eso es amor de verdad.

Si te pones a pensar en lo que has perdido, en lo que no tienes hoy, en tus sufrimientos y necesidades, el resultado será seguro: te ahogarás acosado por tus propios pensamientos sin sentido; quizás sean sentimientos reales, pero sin sentido. El sentido que le des a las cosas te motiva y estimula, te hace esforzarte y en ello te hace crecer y mejorar como persona; tú necesitas alegrías, satisfacciones que te hagan sentirte mejor, bien y feliz. Aunque eso ocurra por momentos, si esas acciones de momentos tienen un sentido valioso para ti, ellas se acumulan. Por eso, un momento puede parecer poco, pero es suficiente; porque la vida está hecha de una suma de momentos, y todos necesitamos momentos de alegría en nuestras vidas y podemos crearlos. La felicidad es la máxima alegría, una forma de explicarla es considerarla la alegría de sentirse realizado, y por eso no es gratis, cobra su precio (como todo). Pero comparado con sus duraderos beneficios su precio es insignificante; no lo dudes, págalo, porque peocuparse por lo que le ocurre a los demás antes que por lo que le ocurre a uno, y luego llevarlo a la práctica ejecutando acciones concretas sin esperar reconocimiento ni agradecimientos, como si sintieras que lo haces únicamente por hacer felíz a otro, cuesta y te costará.

En esas acciones estarás construyendo tu presente y tu futuro, estarás cambiando al mundo que te rodea y mejorándolo, estarás viendo los resultados: comprenderás mejor a quienes te rodean, por lo tanto podrás comunicarte mejor; te sentirás útil a los demás, con lo que te valorarás más; se te abrirán muchas puertas -que hoy ves cerradas hacia un mundo lleno de oportunidades por delante para desarrollar una vida entretenida, real y con un sentido claro y verdaderamente importante, por ejemplo, aparecen en la etapa más consolidada de su concepción antropológica.
 Con profunda convicción una llamada a todos, para que se busque la paz por los caminos del perdón. Soy plenamente consciente de que el perdón puede parecer contrario a la lógica humana, que obedece con frecuencia a la dinámica de la contestación y de la revancha. Sin embargo, el perdón se inspira en la lógica del amor, de aquel amor que Dios tiene a cada hombre y mujer, a cada pueblo y nación, así como a toda la familia humana. Pero si la Iglesia se atreve a proclamar lo que, humanamente hablando, puede parecer una locura, es debido precisamente a su firme confianza en el amor infinito de Dios. Como testimonia la Escritura, Dios es rico en misericordia y perdona siempre a cuantos vuelven a Él. […] El perdón de Dios se convierte también en nuestros corazones en fuente inagotable de perdón en las relaciones entre nosotros, ayudándonos a vivirlas bajo el signo de una verdadera fraternidad.”
La vida necesita talento y capacidad para superar los reveses y traumas que se han ido produciendo a lo largo de ella es plena sí estaá llena de amor y se consigue poseerse a sí mismo.  En el mundo antiguo existía la expresión poliorcética, que era el arte de la fortificación en la guerra. La fortaleza es la virtud de los que soportan y resisten. La vida es la gran maestra: enseña más que muchos libros, sus lecciones son aprendidas en la falda de los acontecimientos que nos suceden, es menester pasar por sus vericuetos y pasadizos, hasta descubrir nuestra ciudadela interior.

Es fácil orientar la vida en las distancias cortas, pero sólo las personas singulares y de gran solidez son capaces de diseñar la vida para las distancias largas. Es necesario tener una visión larga de la jugada existencial. Las voluntades débiles emplean discursos y teorías, mientras que las fuertes lo traducen en actos coherentes y positivos.

Los traumas de la vida afectan a los grandes argumentos de ella. No hay que olvidar que en el amor casi todas las cumbres son borrascosas. Hay que descifrar el jeroglífico de cada biografía, lo que no se ve, lo que se esconde debajo de la apariencias.

Cada uno necesita resolverse como problema. El hombre maduro es aquel que ha sabido reconciliarse con su pasado. Ha podido superar, digerir e ir cerrando las heridas de atrás. Y a la vez, ensaya su mirada hacia el futuro prometedor e incierto. Esa es una de las tareas que hacemos los psiquiatras en la psicoterapia: hacer la cirugía estética de la historia personal, para que haga una lectura más positiva de lo que ha sido su trayectoria. Excursión retrospectiva que cierra heridas, suaviza segmentos dolorosos y ayuda a mirar con amor hacia aquellas parcelas especialmente conflictivas.

La vida es como un boomerang: movimientos de ida y vuelta. Lo que siembras, recoges. La vida es un resultado. A la larga sale lo que hemos ido haciendo con ella. Trabajo gustoso y esforzado, grato y difícil, alegre y con sinsabores. lo importante es que no pasen las horas, los días, las semanas, los años... en balde, tirando de la existencia sino que sepamos llenarla de un contenido que merezca la pena y que se inserte dentro del programa personal que cada uno debe ir trazando.

El arte de vivir consiste en saber que el ser humano es al mismo tiempo el artista y el objeto de artesanía, el escultor y la talla, el pintor y el lienzo, el músico y la composición sinfónica. Lo importante no es vivir muchos años. Lo esencial es vivirlo satisfactoriamente, con el alma. La vida es plena sí está llena de amor y uno consigue poseerse a sí mismo. Ser dueño de sí mismo es pilotar de forma adecuada la travesía que uno ha ido escogiendo, procurando ser fiel a sí mismo y a sus principios.

El psiquiatra es un perforador de superficies. Baja al cuarto de máquinas de la conducta. Intenta descubrir intenciones, planes, metas, el porqué de sus audacias y sus retrocesos. No hay que perder de vista que la vida de cada uno tiene como sedimento la llamada experiencia de la vida. Ese pasado vivido a nivel personal con intensidad de protagonista de primera persona. Son cosas que me han pasado a mí. Que han dejado huella en mi biografía y que la van troquelando paso a paso. Me veo forzado a seguir hacia delante cueste lo que cueste. Pero cuento con un repertorio de usos psicológicos, que parpadean a la hora de poner en práctica lo mejor que se ha ido almacenando en la bodega de mi intimidad. Procuro ir detrás del hilo de Ariadna, que me conduce hasta el corazón de los hechos y descubre el jeroglífico de mi conducta.

Los griegos decían que en la vida se podían describir tres etapas: una primera en la que uno es «autor», otra que le sigue, en la que uno es «actor» y una última en la que uno es «espectador». Cada una corresponde a un tiempo histórico:futuro, presente y pasado. Las secuencias al revés. Cuando uno es joven está lleno de posibilidades; todo puede ocurrir; el abanico de metas es rico y diverso y cada uno tiene que ir espigando aquellas a las que se siente más inclinado. Pero cuando uno es mayor está lleno de realidades. «Posibilidades y realidades constituyen un arco en el que se sitúa la realización personal». En la actualidad, al joven le hemos hipertrofiado el presente. Es la exaltación del instante. Eso coincide con lo que los psicoanalistas llaman «la muerte del padre». Falta visión de futuro. Y el futuro es casi todo.Nos pasamos la vida pensando en el día de mañana. Ilusión, entusiasmo, las promesas por delante, la vida como anticipación, diseñar lo que uno quiere ser cuando sea mayor. Ahí es nada. En ese horizonte va emergiendo «el proecto personal». Lo que uno quiere hacer con su vida Es la delicia de abrir los ojos y soñar, pero al menos con un pie en la tierra. Luego, cada uno va descubriendo las dificultades y limitaciones, su espalda. Pero sin perderle la cara a los objetivos y anhelos. Una dialéctica de uno mismo con la realidad va poniendo las cosas en su sitio.

Hablamos de una sociedad moderna, abierta, liberal, europea, con valores clásicos y otros nuevos (de recambio), que abren nuevas perspectivas y esperanzas. Y al mismo tiempo, descuidamos los grandes temas de la vida de forma sistemática: el amor, la amistad, la vida conyugal, la importancia de la familia, el respeto por la educación, el convertir la sexualidad en religión y a la vez, haberla banalizado. Para un psiquiatra es adentrarse en una jungla de datos en donde reina un desorden bastante patente.

En la Psiquiatría hay varios trastornos psicologicos que hipertrofian el pasado de forma enfermiza. Unos son los «nostalgicos»: que opinan que cualquier tiempo pasado fue mejor; otros, los «depresivos»: que dejan de vivir la vida como anticipación y programa y se instalan en la culpa retrospectiva de los hechos antiguos y mientras dura su fase depresiva, el cristal con el que miran el pasado es siempre negativo; los «neuróticos» viven heridos por el pasado, no han podido superarlo, quedándose atrapados en sus redes, anclados en los peores recuerdos y vivencias, lo que impide mirar con esperanza hacia delante... fijación retrospectiva , pasillo del ayer en su peor versión, en donde el antaño asienta sus reales y machaconamente impide mirar por sobre elevación. Una cuarta variedad de la patología del pasado lo constituye el «sindrome de Peter Pan»: negarse a crecer y a madurar y preferir quedarse en la época dorada de la infancia, donde todo es protección: «he elegido ser siempre niño y muchacho, no quiero aprender cosas serias ni ser mayor» dice Peter Pan al capitán Crochet.

Quiero volver a los argumentos del principio para enfatizar la idea central del artículo. Lo diré de otra manera. Vivir con ilusión y argumentos. Mirando hacia delante. Ser capaz de pasar las páginas negativas, azarosas, duras, frustrantes, aquellas que han frenado la marcha o nos han sacado de la pista por la que circulábamos y nos han metido en una circunstancia conflictiva, de retroceso evidente.

«La prosperidad está siempre en el porvenir». Pero la base debe ser ésta: sentirse uno a gusto consigo mismo, que es condición «sine quanom» para que se relacione bien con los demás.Tener una cierta paz interior, hilvanada en su fuero interno de coherencia e invención. Una mezcla de inteligencia bien compensada con sentimientos positivos, que son capaces de disolver todo aquello del pasado que hiere y pone sobre la mesa lo peor de uno mismo.

Una personalidad psicológicamente sana es aquella que tiene asumido el pasado (con todo lo que eso significa) y vive instalada en el presente que le sirve de puente colgante, para transportarlo hacia el porvenir. La felicidad está en el futuro, en los cien pájaros volando. El mañana venidero es aventura y contingencia, tejido de un misterioso secreto que irá sacando lo mejor. También asomará lo negativo. Pero el arte de vivir consiste en sacarle a la existencia el mejor jugo posible que se hospeda en su interior; extraerle hasta la última gota del zumo que la recorre por dentro. Retórica de sello propio. Estilo «sui géneris». Marca de la casa. Mapamundi de la geografía intima, recorrido de valles profundos y lomas escarpadas. Expectación y perspectiva.

El pasado debe servirnos para dos cosas: como «arsenal de conocimientos» que se han ido depositando en nuestra biografía y que constituyen ese subsuelo privado de la memoria que se llama «experiencia de la vida». Sabiduría silenciosa y elocuente, callada y a voces, que actúa sin nosotros saberlo. Y también, nos sirve para «aprender en cabeza propia».

Pasado, presente y futuro. Recuerdos, datos e ilusiones. Posibilidades y realidades. Amor por los tres costados. La vida verdadera es un encuentro con lo mejor de uno mismo. Encuadernar la biografía con indulgencia, sabiendo perdonarnos y cerrar sus heridas con suavidad y comprensión.

La felicidad es la ley natural del ser humano, es como la réplica de la ley de la gravedad: todos aspiramos a ella. Hoy, para bastante gente, la felicidad queda reducida a bienestar, nivel de vida y posición económica. Pero la felicidad a la que debemos aspirar ha de ser razonable, no utópica, en la cual el amor , el trabajo y la cultura, den de sí al máximo. La felicidad no es alergia al sufrimiento, sino el sufrimiento superado, al sobrenaturalizar los reveses, golpes y ese verse uno zarandeado por la marea negra de la frustración , las derrotas y el arbol genealógico de los Buendía.

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