Jesús nos dice: “Quiero misericordia y no sacrificios” San Mateo 12,7, aunque en realidad la misericordia misma es una forma de sacrificio, tal vez la forma más perfecta de sacrificio; la misericordia es esa apertura y abertura del corazón, por la cual hacemos que entre en nuestra vida la necesidad del hermano.
Misericordia es dejar que entre el hermano/a con su necesidad a mi vida, dejar que me perturbe, que cambie mi mundo tranquilo, que altere mis planes, que cuestione mis ideas; misericordia es darle permiso a mi hermano/a para que él no sea un espectador de mi vida, co-protagonista de lo que yo mismo soy.
Para alcanzar la misericordia entonces hay que hacer el supremo sacrificio, porque admitir la fuerza de la misericordia es admitir que otra persona puede alterar mis planes.
Recordemos el ejemplo precioso que nos presenta el Evangelio en el buen samaritano. Este hombre tiene su propio plan, tiene un camino; pero él deja que su plan sea alterado porque encontró a un hombre mal herido, el hombre mal herido entra en la historia del samaritano, le hace cambiar su apretada agenda, le hace cambiar su plan.
Nuestros planes, nuestros deseos, lo que nosotros queremos hacer con nuestro tiempo, con nuestro dinero, eso lo amamos muchísimo. Ofrecer a Dios un acto de misericordia es ofrecer el sacrificio de eso que amamos tantísimo: el plan que yo tenia, el tiempo que yo había arreglado, las cosas que yo quería hacer.
Leemos en el libro del Génesis que Dios, según esa imagen tan hermosa que a veces se interpreta mal, Dios modeló a Adán del barro de la tierra. De los más hermoso que tiene esa imagen es pensar que los dedos de Dios tocaron la naturaleza de Adán.
Dios nos moldea a través de dos caminos fundamentalmente: uno es el camino de la oración, y otro es el camino de la misericordia.
Dios nos modela: cuando damos permiso al hermano/a que también es imagen de Dios, que también es semejanza de Dios y que también es instrumento de Dios, cuando Dios le cambió la agenda, cuando Dios le cambió los planes al buen samaritano, lo mejoró. Era más perfecto haber gastado esa tarde y parte de esa noche atendiendo a ese enfermo, que haber seguido temprano su camino hasta Jerusalén.
Uno tiene el pensamiento de que cuando atiende a una persona pobre, a una persona necesitada, enferma, uno piensa que está dando algo, y eso es verdad, pero también está recibiendo y lo que está recibiendo es el toque de Dios.
San Camilo Lelis, el Fundador de los que llamamos Padres Camilos, dedicados al cuidado de los enfermos, entendía esto de una manera tan profunda, que a veces dejaba atónitos a los enfermos porque les pedía la absolución, una cosa loca, una cosa absurda. Le decía al enfermo: "¿Me das la absolución de mis pecados?" Y por supuesto que el enfermo no sabía qué decir.
Lo que sucedía era que Camilo sentía que Dios lo estaba tocando de tal manera, y que Cristo estaba de tal manera ahí presente, que podía perdonarle los pecados.
Necesitamos salir de nuestro caparazón, necesitamos abrirnos, las dos puertas por las que se abre el corazón humano son la puerta de la oración y la puerta de la misericordia; la sola puerta de la misericordia no funciona.
Si no estoy abierto a la oración, si no tengo abierta esa conexión con el Altísimo y me dedico solamente a hacer misericordia, mi pequeño depósito , de ternura, de amor y de cariño se me agota, se enfría mi amor ante tanta ingratitud, ante tanta dureza de la gente. Ahí tengo dos posibilidades: o me concentro en hacer el bien a unas pocas personas, o renuncio del todo a la misericordia.
Mantener abierta la oración, para admirarnos ante el poder del Altísimo; y mantener abierta la misericordia, para dejar que los dedos del Altísimo se metan con mi barro.
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