lunes, 1 de julio de 2013

Encuentro.


Estar, con Él, de alguna manera es participar de su misma suerte, esta suerte, en el caso de Jesucristo, supone como estar en descampado, como permanecer en descampado, como estar siempre en pie de lucha. Cristo aquí, habla como el que no tiene donde descansar, porque todo lugar es lugar de misión para Cristo. Algún descanso se encuentra cuando uno va a un lugar, donde hay hambre de la Palabra de Dios, donde hay deseo de conocerlo y de servirle.
Donde se puede encontrar, donde mi corazón, por lo menos, puede encontrar algún descanso, es en ese lugar donde se busca amarle más, y donde la conversación, la presencia, la palabra, la oración, se encaminan , a la gloria suya. No hay muchos lugares así; por eso, incluso en esos lugares, en todos, uno se recuerda de Cristo que no tenía donde reclinar la cabeza San Mateo 8,20.
Entrar a seguir a Cristo es quedarse en descampado; es, muchas veces, no tener quien resguarde de las dificultades, de las durezas de la vida; o mejor dicho, tener solamente a Dios para que Él cuide, para que Él resguarde, para que Él provea.
 Fíjate en lo que dice el diálogo: "Otro que era discípulo" San Mateo 8,21, ya era discípulo, "le dijo: Déjame ir primero a enterrar a mi padre" San Mateo 8,21. Esa anotación, "que ya era discípulo" San Mateo 8,21 es de mucha importancia, de inmensa importancia para comprender cómo se iban relacionando las personas con Él.
 Ser discípulo, todavía no era tener verdadera y completa intimidad con la enseñanza del Maestro; había un algo más. Ser discípulo era un paso, pero había algo más.  Ese paso más, es el que Cristo quiere que este discípulo dé cuando le dice: "Sígueme" San Mateo 8,22.
Este seguimiento de Cristo es algo más que ser discípulo de Cristo, es compartir su misma suerte, y esto no le sucedía a todos los discípulos. "Sígueme" San Mateo 8,22, ahí, como en otros pasajes, alude a algo bastante concreto: "Estate conmigo, quédate conmigo, y que lo que nos vaya a pasar nos pase a ambos, o nos pase a todos los que vamos en este camino".
Nos puede sorprender un poco como la dureza de la expresión de Cristo. El discípulo dice: "Déjame ir primero a enterrar a mi padre" San Mateo 8,21. En nuestra cultura occidental, eso ¿qué significaría? Que este hombre tiene el dolor de que se le murió el papá, y que el papá anda por allá muerto en otro pueblo, y están en las diligencias del entierro, y Cristo dice: "No vaya a las exequias", llamaríamos en nuestro lenguaje de hoy, "no vaya a ese entierro, usted no vaya a ese entierro, siga por acá".
 "Déjame ir primero a enterrar a mi padre" San Mateo 8,21 lo vamos a traducir de este otro modo: "Deja que primero entierre a mi padre". Es muy parecido, pero no es lo mismo.
Es un modismo hebreo-arameo para indicar: "Esperamos a que mi papá se muera". Cuando el discípulo dice esto, no es que el papá ya se murió, lo mandaron llamar, y es que está, entre si ir al entierro del papá, o seguir a Cristo.
Lo que él está diciendo es: "Deja que primero entierre a mi padre". Y obviamente, como no lo va a enterrar vivo, se trata de: "Deja que primero mi padre muera, y después de que yo haya solucionado mi problema familiar, después de que yo haya aclarado las cosas en mi casa, y ya hayamos visto cómo quedan las cosas, entonces ahí sí miraré si te sigo".
La expresión de Cristo tiene sentido. "Deja que los muertos entierren a sus muertos" San Mateo 8,22, expresión que habría que entenderse de esta manera: "Ese enterrar a los muertos es esperar hasta que finalmente mueran. Esos encargos, déjaselos a otros, a los que no tienen esta vida. Tú eso, déjaselo a otro.".
"Espera a ver, cómo yo me logro desatar de los afectos humanos". Fíjate que el Evangelio, todo tiene que ver con los afectos humanos. Uno nunca se desata fácilmente y va a quedar durmiendo tranquilo. El corazón humano tiene "Pegastick", o "Pega-pega", o como se llame, y es sumamente pegajoso y sumamente pegachento. El corazón humano no renuncia, así no más, a que alguien se vaya, a que alguien se separe.
De manera que hay una enseñanza, y hay muchas enseñanzas en un pasaje tan breve como este. Aquí está la urgencia, la importancia, la premura y la primacía del llamado de Jesucristo. Se necesita tener el corazón ardiente para entender este evangelio. Se necesita estar enamorado para entender el Evangelio. Este es uno de los pasajes que nos hace comprender que el Evangelio es como un lenguaje de amor o de enamorados.
De la misma manera, para comprender estos evangelios, hay que tener el corazón incendiado; hay que tener el corazón en ascuas, hay que tener el pensamiento pleno del fuego del Espíritu, para descubrir así, cuál era la prisa que tenía Cristo, y por qué es tan importante eso de seguirlo.,

Con la bondad del Señor y de su Espíritu, meditemos un poco en el texto de la primera lectura, que es un testimonio de la oración de intercesión y que tiene escondidos muchos amables tesoros para nosotros.
Como es esa confianza entre Dios y Abraham. Realmente lo trata como a un amigo. "¿Es que le puedo ocultar a Abraham lo que pienso hacer?" Génesis 18,17.
Los profetas, llamados menores,  Amós  que dice: "Nada hace el Señor sin revelárselo a sus profetas" Amós 3,7.
Hay que llamar bienaventurados, entonces, a los profetas, porque pueden ser considerados amigos de Dios, porque Dios les cuenta sus designios, sus planes, porque Dios los trata con intimidad y con cercanía.
Esa cercanía, es asunto de la salvación que está en juego. Las razones que aparece dándose Dios para hablarle a Abraham son muy claras: "De Abraham va a nacer un pueblo. Ese pueblo hay que instruirlo, y es necesario que Abraham sepa instruir" Génesis 18,18-19.
Sodoma es en la Sagrada Escritura la imagen de la destrucción total: fuego y azufre caídos del cielo que arrasan completamente con una ciudad. Aunque no quede nada ante nuestros ojos, sí hay algo que debe quedar en nuestros corazones: es la enseñanza.
 El mal no es inútil. El mal, aunque cayera fuego y azufre, aunque hubiera que aniquilar por completo, deja una enseñanza, deja algo para aprender.
Hace recordar una oración muy hermosa del Papa Paulo Sexto en una multitudinaria Ordenación de sacerdotes. Decía el Papa, rogando por estos nuevos presbíteros, a Dios Nuestro Señor: "Que reconozcan el mal sólo para nombrarlo y para evitarlo".
Aprender la enseñanza del mal sin que le suceda, sin caer, ésta es la suprema prudencia. Ciertamente, ésta es la prudencia que la Iglesia ensalza en la Bendita Virgen María cuando la llama Virgen Prudentísima.
En el mal hay algo bueno, en el mal hay un contraste que surge. Así le hablaba también Dios a Santa Catalina de Siena. Le decía con mucha frecuencia: "Y ahora te voy a mostrar lo contrario". Porque, lo contrario se conoce mejor por su contrario.
No nos espante el mal, no hay que temer que aparezca. Esos brochazos oscuros en los cuadros que Dios pinta, no hay que temerlos. Con ellos aprendemos, con ellos aparece mejor la luz, y así, esa noche y esa negrura están al servicio de la luz y de la claridad.

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