Génesis 22,1-19, nos invita a descubrir la perfección que Dios concedió a Abraham en las virtudes de la fe, de la obediencia, de la esperanza.
Un milagro, eso era su hijo, el milagro más querido, la joya más preciosa que le había dado la vida. Ese hijo, querido como todos los hijos; pero más que todos los hijos, porque era único, y más que todos los únicos, porque era un imposible realizado; ese es el hijo que Dios le pide.
Donde Abraham no tiene nada sino la voz de Dios y la presencia de los Ángeles de Dios, en ese lenguaje y en esa cultura, Dios se vale de esa penumbra para pedir un absurdo, en el que va a purificar, con el crisol de la fe, la obediencia de Abraham.
"¡Abraham!" "Aquí me tienes" Génesis 22,1, esa es la respuesta del creyente; "toma a tu hijo único" Génesis 22,2, ya le dijo que era hijo y que era único, "al que quieres, a Isaac, vete al país de Moriah, y ofrécemelo allí en sacrificio" Génesis 22,2.
"Abraham madrugó, aparejó el asno, y se llevó consigo a dos criados y a su hijo Isaac" Génesis 22,3.
Abraham, el que había intercedido por la ciudad pecadora ante Dios, el que había suplicado por los justos que pudiera haber en Sodoma Génesis 18,23-25, madruga, apareja el asno, se lleva consigo a los criados y al hijo para el sacrificio Génesis 22,3.
Abraham estaba dispuesto a sacrificar a su único hijo, la esperanza de su vejez, el hijo en el que estaban depositadas las mismas promesas de Dios.
Cuando Dios le habla, cuando Dios hace juramento, dice: "Por haber hecho esto, por no haberte reservado a tu hijo, tu hijo único, te bendeciré" Géenesis 22,17.
Es decir, el sacrificio no fue consumado en la tierra, pero sí fue aceptado en el Cielo. Como dice San Pablo: "Se le apuntó a su favor, se le reputó como justicia" Gálatas 3,6. Dios acogió este sacrificio como realizado.
Dios, lo que le había dicho y le había repetido, era: "Te daré descendencia, te daré descendencia". Cada rato lo sacaba por allá en la noche: "Mire las estrellas; así van a ser sus hijos". Luego lo ponía a caminar por la arena: "Mire, así van a ser sus hijos" Génesis 22,17.
Y después de hablarle de tanta vida y de tanta abundancia, "ahora sacrifíqueme al único, a su descendiente" Génesis 22,2; "Ismael, por allá perdido en un desierto, sabrá Dios si muriéndose de hambre" Génesis 22,14-16; "Isaac, aquí, para el altar, a matarlo" Génesis 22,2-3.
Lo más admirable de Abraham, más incluso que la obediencia, es indudablemente la fe; la fe, que cuando es verdadera, va unida a la esperanza. "¿De dónde va a salir esa descendencia abundante, si el único gérmen de descendencia lo tengo que acabar?" Abraham se unió con fe y con esperanza a la Palabra de Dios. Creyó que era posible, algo era posible, algo se le ocurriría a Dios: "Yo le hago caso al Señor, algo se le ocurrirá a Él".
¡La obediencia, la fe y la esperanza! una fe así, ¿qué logra? Una fe así logra que la Palabra tenga pleno poder. "Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido" Génesis 22,18.
¡Pleno poder! Una fe así rompe cualquier barrera entre Dios y nosotros. Una fe así hace que Dios pueda realizar su voluntad a plenitud en nosotros.
Creer, cuando no hay tribulación y cuando no hay persecución, cuando las cosas son según nuestra manera de pensar y nuestros afectos están sosegados, y nuestros planes se van realizando, creer ahí, resulta, podríamos decir, sencillo. Lo interesante es creer cuando eso no aparece. Eso es lo interesante. Ahí es donde crece la fe.
"Permite, Señor, que guiado por ti, por tu voluntad, por tu Espíritu, pueda yo padecer por ti. Permíteme ser formado en tu crisol; permite, Dios mío, permite Señor, que guiado por ti, por tu Palabra y por tu Espíritu, pueda alcanzar esa madurez, esa vida que tu has querido para mí."
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