miércoles, 31 de julio de 2013

Descubrir

Dios primero nos hizo descubrir nuestra hambre para después revelarse como Pan que nos sacia. Dios es el gran pedagogo, es Él el que nos guía a lo largo de las páginas de la Escritura; es Él el que nos va llevando desde la primera Alianza, la Alianza en Moisés, hasta la última Alianza, la Alianza Nueva y eterna en Jesucristo.
El Concilio Vaticano II, uno de los documentos más importantes es la constitución Dei Verbum sobre la Sagrada Escritura, cuando esa constitución, ese documento conciliar nos habla del Antiguo Testamento, dice: "En primer lugar, sirve como anuncio, como figura, como comienzo, cómo, podríamos decir, adelanto de lo que vendría en plenitud en el Nuevo Testamento; pero también nos dice que conserva un valor permanente; porque es tan Palabra de Dios como es el resto de la Escritura.
El capitulo veintitrés del Levítico. Es el establecimiento de las grandes fiestas de Israel, esencialmente de lo que se nos habla aquí es de la fiesta de la Pascua, de la fiesta de las enramadas, lo que será después Pentecostés, la fiesta o el día de la expiación, el día del arrepentimiento.
Esas tres realidades nosotros las seguimos celebrando, siguen siendo permanentes para nosotros. Tenemos que celebrar la Pascua, porque nosotros hemos sido liberados mejor que ellos; porque ellos salieron de una esclavitud temporal, la de Egipto, mientras que nosotros hemos sido salvados para siempre de la pésima esclavitud del pecado y del demonio.
Pascua, Pascua quiere decir libertad, libertad de la esclavitud.  La fiesta de las enramadas que tenía dos dimensiones: era fiesta de cosecha, por eso las enramadas;  la fiesta de la promulgación de la Ley.
Descubrir que con el rocío del Espíritu , nuestra vida se vuelve fecunda; sólo el que se ha acogido el Espíritu en el Pentecostés, en ese Pentecostés que estaba prefigurado aquí, sólo a través de Pentecostés se descubre que la vida es fecunda, que vale la pena esforzarse, que vale la pena darlo todo, entregarlo todo por una causa.
Si hay algo que necesita la humanidad en nuestro tiempo, es la gracia de Pentecostés, descubrir esta fecundidad, porque muchas personas agonizan sin encontrar para qué son sus dolores; mucha gente agoniza sin saber si la vida humana es para algo más que trabajar y trabajar y trabajar para luego consumir, consumir y consumir.
El Espíritu toma eso que es nuestra vida, lo empapa con agua que viene del cielo, lo quema con fuego que viene del cielo, lo levanta con viento que viene del cielo y dice: "Tú, que pensabas que tu vida no valía nada, mira hasta dónde eres fecundo, mira lo que puede hacer tu sonrisa, tu palabra, el trabajo de tus manos".
Necesitamos esa dimensión de fecundidad, ellos celebraban cosecha, celebraban fecundidad y nosotros también la celebramos. Celebramos la cosecha, que como dijo Jesús en su discurso a los discípulos, "no termina jamás", San Juan 15,16; fruto que permanezca, esa es la fecundidad nuestra.
La fiesta de las enramadas o de Pentecostés era también la fiesta de la promulgación de la Ley. El pueblo de Israel se gozaba de saber que tenía la guía, la sabiduría, la corrección, el consuelo de la Palabra de Dios, y eso también lo necesitamos nosotros.

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