Y el pueblo brasileño, especialmente las personas más sencillas, pueden dar al mundo una valiosa lección de solidaridad, una palabra a menudo olvidada u omitida, porque es incomoda.
Me gustaría hacer un llamamiento a quienes tienen más recursos, a los poderes públicos y a todos los hombres de buena voluntad comprometidos en la justicia social: que no se cansen de trabajar por un mundo más justo y más solidario. Nadie puede permanecer indiferente ante las desigualdades que aún existen en el mundo. Que cada uno, según sus posibilidades y responsabilidades, ofrezca su contribución para poner fin a tantas injusticias sociales. No es la cultura del egoísmo, del individualismo, que muchas veces regula nuestra sociedad, la que construye y lleva a un mundo más habitable, sino la cultura de la solidaridad; no ver en el otro un competidor o un número, sino un hermano.
Deseo alentar los esfuerzos que la sociedad brasileña está haciendo para integrar todas las partes de su cuerpo, incluidas las que más sufren o están necesitadas, a través de la lucha contra el hambre y la miseria. Ningún esfuerzo de «pacificación» será duradero, ni habrá armonía y felicidad para una sociedad que ignora, que margina y abandona en la periferia una parte de sí misma. Una sociedad así, simplemente se empobrece a sí misma; más aún, pierde algo que es esencial para ella. Recordémoslo siempre: sólo cuando se es capaz de compartir, llega la verdadera riqueza; todo lo que se comparte se multiplica. La medida de la grandeza de una sociedad está determinada por la forma en que trata a quien está más necesitado, a quien no tiene más que su pobreza.
2. También quisiera decir que la Iglesia, «abogada de la justicia y defensora de los pobres ante intolerables desigualdades sociales y económicas, que claman al cielo» (Documento de Aparecida, 395), desea ofrecer su colaboración a toda iniciativa que pueda significar un verdadero desarrollo de cada hombre y de todo el hombre. Queridos amigos, ciertamente es necesario dar pan a quien tiene hambre; es un acto de justicia. Pero hay también un hambre más profunda, el hambre de una felicidad que sólo Dios puede saciar. No hay una verdadera promoción del bien común, ni un verdadero desarrollo del hombre, cuando se ignoran los pilares fundamentales que sostienen una nación, sus bienes inmateriales: la vida, que es un don de Dios, un valor que siempre se ha de tutelar y promover; la familia, fundamento de la convivencia y remedio contra la desintegración social; la educación integral, que no se reduce a una simple transmisión de información con el objetivo de producir ganancias; la salud, que debe buscar el bienestar integral de la persona, incluyendo la dimensión espiritual, esencial para el equilibrio humano y una sana convivencia; la seguridad, en la convicción de que la violencia sólo se puede vencer partiendo del cambio del corazón humano.
3. Quisiera decir una última cosa. Aquí, como en todo Brasil, hay muchos jóvenes. Queridos jóvenes, ustedes tienen una especial sensibilidad ante la injusticia, pero a menudo se sienten defraudados por los casos de corrupción, por las personas que, en lugar de buscar el bien común, persiguen su propio interés. A ustedes y a todos les repito: nunca se desanimen, no pierdan la confianza, no dejen que la esperanza se apague. La realidad puede cambiar, el hombre puede cambiar. Sean los primeros en tratar de hacer el bien, de no habituarse al mal, sino a vencerlo.
La Iglesia los acompaña ofreciéndoles el don precioso de la fe, de Jesucristo, que ha «venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10).
Hoy digo a todos ustedes, y en particular a los habitantes de esta Comunidad de Varginha: No están solos, la Iglesia está con ustedes, el Papa está con ustedes. Llevo a cada uno de ustedes en mi corazón y hago mías las intenciones que albergan en lo más íntimo: la gratitud por las alegrías, las peticiones de ayuda en las dificultades, el deseo de consuelo en los momentos de dolor y sufrimiento. Todo lo encomiendo a la intercesión de Nuestra Señora de Aparecida, la Madre de todos los pobres del Brasil, y con gran afecto les imparto mi Bendición. “El día del Señor”. Recientemente, el Papa Juan Pablo II ha escrito un documento para recordarnos a todos lo que significa vivir el domingo, porque no es el rato del Señor, es el día del Señor.
El día del Señor celebramos la Eucaristía, y este es el momento más important, pero todo el domingo es para el Señor, de un modo especialísimo, pues en realidad toda nuestra vida es para Él. Para esto murió Cristo y resucitó.
Él dio su vida por nosotros, somos adquiridos por Él, le pertenecemos a precio de Sangre, como dice el A"¡qué precioso es el valor de la familia, como lugar privilegiado para transmitir la fe!". Sobre el papel de los abuelos ha afirmado: "qué importantes son en la vida de la familia para comunicar ese patrimonio de humanidad y de fe que es esencial para toda sociedad. Y qué importante es el encuentro y el diálogo intergeneracional, sobre todo dentro de la familia".póstol San Pablo en la Carta a los Colosenses: “Por el bautismo fuisteis sepultados con Cristo y habéis resucitado con Él, porque habéis creído en la fuerza de Dios que lo resucitó de entre los muertos” Carta a los Colosenses 2,12-13.
Un cristiano es alguien que ha creído en la fuerza de Dios, fuerza capaz de levantar un muerto del sepulcro; un cristiano pertenece a Dios, toda nuestra vida es de Él, pero especialmente en este día que es el domingo.
Vamos a la iglesia para escuchar la Palabra, oramos, nos alimentamos con la enseñanza y nos alimentamos con los sacramentos; cada domingo tienen sus propias vitaminas, tiene su propio alimento. Nosotros hemos de venir a la iglesia con hambre, con anhelo, con deseo de escuchar la Palabra, de aprovecharla, de saciarnos en ella, de saborearla.
En la palabra Abraham ora, esta suplicando por dos pequeños pueblos tristemente célebres por sus pecados, Sodoma y Gomorra, pueblos en los que la lujuria, especialmente el homosexualismo, la vanidad, la impiedad se habían adueñado de la mayor parte de la gente.
Abraham no pertenecía a estos pueblos, él no había nacido ahí; Abraham no había salido de ahí, ni esos pueblos eran parientes suyos, y era tan grave la situación de estos pueblos, de estas dos poblaciones que Dios se había resuelto a acabar con ellos, porque hay vidas que son peores que la misma muerte, y hay veces que la muerte es una medicina.
Abraham empieza a interceder, hemos escuchado las súplicas que hace: "¿Y si hubiera cincuenta justos? Tú" no vas a matar al inocente con el culpable" "¿Y si hubiera cuarenta y cinco o cuarenta? ¿Y si hubiera treinta, veinte o diez?" Génesis 18,24-32.
Dios le dijo: "Si hubiera diez justos no destruiría a la ciudad" Géneis 18,33, pero no alcanzó a ver a las diez personas.
Los únicos que tenían alguna noción y algún amor a Dios eran Lot, el sobrino de Abraham, y su familia, menos de diez personas; pero Dios no destruyó al inocente con el culpable, envió a unos Ángeles para sacar a Lot de aquella ciudad, ciudad adúltera y fornicada, ciudad orgullosa y vanidosa.
Sacó de ahí a Lot y fuego y azufre cayó sobre esos poblados, porque hay veces que la muerte es más leve que una vida de iniquidad y Dios, que es infinito en su piedad, hay veces que tiene que poner fin a una historia para que no sea todavía peor.
Abraham intercede, no eran ni siquiera familia suya, Abraham piensa en la gloria de Dios, y piensa en los inocentes, ora a veces con temor, con timidez, con pena y le dice que, "no se ofenda mi Señor" Génesis 18,30|Génesis 18,30.
En el Antiguo Testamento, dice San Pablo: “Os digo que esos tales no heredarán el Reino de Dios” 1 Corintios 6,9.
La amistad, la oración, la cercanía, la ayuda deben estar cerca de todos.
Cuando nosotros aceptamos y acogemos a Dios en nuestra vida, Él es el Señor nuestro, y entonces todas nuestras pasiones, todos nuestros anhelos y todos nuestros problemas adquieren su justo tamaño y ahí no crecen.
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