Ellos, dieron testimonio de lo que había sucedido, de la grandeza del poder de Dios en la muerte y la resurrección de Cristo. Y nosotros, apoyados en ellos, como miles de millones de personas a lo largo de la historia, ya no somos extranjeros sino que somos de la intimidad de la familia, somos de la casa de Dios.
Hay una palabra en el profeta Isaías, una palabra profética que describe cómo iba a ser el Mesías, y así fue. Dice Isaías, hablando del Siervo de Dios, dice: "Él no quebrará la caña cascada, no apagará el pabilo vacilante" Isaías 42,3.
La caña cascada, ya vencida, ya doblada, no la va a quebrar; y el mechero, la vela, el pabilo que ya se apaga, no lo va a apagar Cristo. Esto es lo maravilloso de Cristo, que llega al mechero vacilante, que llega a la caña resquebrajada, vencida, debilitada, no para darle el último pisotón.
Cristo tomó a Tomás, que era ya no una luz, como los otros Apóstoles que brillaban por la fe; Tomás era ya un mechero humeante, la luz de Tomás se había apagado, pero Jesús no llegó a ponerle encima el pie a ese mechero y a decir: "este no sirvió para nada", un pisotón, y se acabó.
¿Cómo recibe Cristo a Tomás? ¿Cómo obra Cristo con Tomás? ¡Así es Él con Tomás, y así es Él con nosotros! Por eso dice San Agustín: "Que para la fe de la Iglesia, en cierto sentido, más nos ayudó la incredulidad de Tomás, que la fe que ya tenían los otros".
Porque es tanto lo que revela el Corazón de Cristo en esta escena, es tanto lo que aprendemos de Dios en esta escena, tanto, que realmente casi podemos decir, con una palabra de Santa Teresa de Jesús: "¡Feliz culpa!" Santa Teresa, meditando en el pecado original y la grandeza del don de Cristo, alguna vez exclamaba: "Feliz culpa que nos mereció tal Redentor".
Qué desgracia el pecado, pero qué bendición que el remedio del pecado se llame Jesucristo, tan grande, tan rico, tan sabio, tan bello, tan bueno.
Cristo la tomó, Cristo la asumió, y con ese barro tan pobre y tan sucio de la incredulidad, nos mostró su misericordia, nos mostró cómo obra hoy con los que dudan.
Cristo ve las cosas de otro modo, Cristo sabe que muchas veces, en ese poquito de humo todavía hay el principio de una luz que puede ser la gran luz, la definitiva luz, la luz que puede transformar la eternidad de esa persona.
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