Debe haber una relación íntima y profunda entre la Sangre de Cristo, el Espíritu Santo, el testimonio de los mártires y la vida de los Apóstoles; o quizá no hay una relación profunda, sino muchas relaciones profundas.
La Sangre de Cristo llega hasta nuestro altar por el ministerio de los Apóstoles, ¿de dónde aprendimos nosotros la Eucaristía? De ellos, de los Apóstoles, ¿y a través de quiénes recibimos, por esa sucesión ya bien llamada apostólica, el ministerio para consagrar el vino como Sangre de Cristo? De los Apóstoles.
¿Sobre quiénes vino, en primer lugar, esa gracia del Espíritu Santo, si no fue sobre los Apóstoles? ¿Y no es ese el mismo Espíritu de amor que hace capaz hasta del martirio al cristiano? .
La Sangre de Cristo y el Espíritu de Cristo, en el fondo, apuntan a una misma realidad, al amor de Dios que da vida. La sangre, para los pueblos orientales, y especialmente para el pueblo hebreo, era la señal por excelencia de la vida; cuando nosotros compartimos la Sangre de Cristo, compartimos la vida del Señor. Por eso, al beber de la Sangre de Cristo, estamos también comulgando en el Espíritu de Jesucristo, es hermosa esa relación entre Sangre y Espíritu.
Cristo esculpiendo a esos Apóstoles a base de sus palabras; les había predicado muchísimas veces, esa predicación no alcanzó su resultado final, sino con la Palabra interior del Espíritu Santo. La Palabra, el testimonio de Cristo queda afuera, a menos que llegue el testimonio interior del Espíritu, que es el que interioriza la Palabra.
Sólo el Don del Espíritu logra abrir las últimas compuertas del corazón para que entre la Palabra; sólo el don del Espíritu permite que nosotros comprendamos las Escrituras.
El Evangelio de San Juan, cuando estos se quedan atónitos viendo al Resucitado: "Jesús exhala el Espíritu sobre ellos" San Juan 20,22, sopla sobre ellos, les da Espíritu.
El Evangelista San Lucas: "Les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras" San Lucas 24,45; hasta ese momento no habían comprendido que Cristo tenía que morir y resucitar.
Sólo el Espíritu hace que la Palabra de Cristo entre a reinar en lo profundo del corazón; sólo el Espíritu de Jesucristo hace que la Palabra de Cristo se convierta en palabra nuestra, cuando tal cosa sucede, cuando la Palabra de Cristo es la Palabra nuestra, ese es el apóstol; sólo el Espíritu de Jesucristo hace apóstoles, porque sólo ese Espíritu hace que nuestras palabras sean Palabras de Cristo.
No es difícil encontrar la relación con el testimonio de los mártires. Mártir literalmente significa testigo; la muerte del mártir es como un sacramento de la muerte de Cristo; la muerte del mártir es como una actualización de la muerte de Jesucristo; en la muerte del mártir lo que sucede es que para la Iglesia, ocurre lo mismo que pasó en aquel momento allá en el Calvario.
La muerte del mártir es como una Eucaristía en la vida; la muerte del mártir es como una nueva efusión del Espíritu, y por eso bien decía San Cipriano: "La muerte de los mártires y la sangre de los mártires, es semilla de nuevos cristianos".
Demos gracias a Dios en la celebración de este Apóstol. ¿Cuál es el bien grande que nos han dado estos Apóstoles? Pues nos han comunicado la gracia del Espíritu Santo, nos han instruido en la Palabra de Salvación, nos han predicado el Evangelio.
Han sido precisamente las columnas de la Iglesia, y nosotros nos apoyamos en la fe de ellos; estamos soportados por la gracia del Espíritu, pero estamos soportados también por el testimonio de estos hombres; sin ellos no sabríamos de la resurrección del Señor.
Eso brilla especialmente en el caso de Santo Tomás, porque su resistencia en creer, vencida finalmente por el amor de Dios se convierte en ocasión de que nuestras dificultades en creer sean también vencidas por el mismo amor. Bien predica aquel padre de la Iglesia que más provechoso resulto para nuestra fe, la incredulidad de Tomás que la fe de los demás apóstoles, porque esta incredulidad vencida, doblegada ayuda también a que se dobleguen nuestras vidas en la fe.
Bendito sea Dios en la fiesta de Santo Tomás el apóstol, bendita sea su sangre, su espíritu, su palabra y su Iglesia.
Que esta palabra, este espíritu, esta Iglesia, lleguen hasta lo íntimo de nuestros corazones y allí reinen, y allí den sus frutos; quiera Dios por medio de Cristo, soplar fuerte, para que nuestro entendimiento se abra, para que comprendamos las Escrituras, para que busquemos y veamos lo bueno que es el Señor.
Nos dice San Pablo: “Estáis edificados sobre el cimiento de los Apóstoles y Profetas y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular.” Carta a los Efesios 2,20.
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