Podríamos hablar de los que han gastado su vida en el África o en Asia, o podríamos seguir recordando a los que hicieron posible que nosotros creyéramos.
A ver, Jesucristo dice. "La cosecha es abundante" San Lucas 10,2; la traducción a la que estábamos acostumbrados decía: "La mies" San Lucas 10,2; bien, está más cercana esta palabra, la cosecha. ¿Y por qué Jesús dice que envía a los misioneros a cosechar?
Porque la siembra la hizo el mismo Cristo, porque el amor de donde nacen los cristianos ya lo derramó Jesucristo con su Sangre en la Cruz, ya la siembra está, ahora se necesita gente que sea capaz de arriesgar por Cristo, se necesita gente, que llenos de un amor y de un celo semejantes a los de Luis Bertrán, se vayan hasta el último rincón a decir que el amor está vivo, que Jesús ha muerto por nuestros pecados y que ha resucitado para nuestra salvación.
Amigo, conozca historias de misioneros, no se indigeste solamente con las imágenes de la televisión, dese un espacio y deje descansar un poquito a los partidos de fútbol; tome un libro distinto, ¿por qué no? ¿Por qué no tomar un libro de un santo, de una santa? Hay gente que se ha convertido leyendo a un santo o a una santa.
Edith Stein, una judía, un día encontró en la biblioteca de su casa un librito, el libro de la Vida, la autobiografía de Santa Teresa de Jesús, y dedicando sólo una noche, hasta el amanecer, emprendió con avidez la lectura de ese libro, que la hizo no sólo cristiana, sino monja carmelita y no sólo monja, sino mártir y santa de la Iglesia.
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