Jesús a María Magdalena le habló con nombre propio y fue ahí, donde esta mujer pudo reconocerlo: un amor con nombre propio, un amor que nos conoce, pero que no se adueña de nosotros; un amor que nos sostiene, no un amor que se apodera; un amor que nos protege, no un amor que nos sofoca. Ese es el amor que necesitamos.
El mundo cambiará con amor. La belleza de las consagraciones es el amor. Porque una vida consagrada sin amor, despierta sospechas y aleja atemorizada a la gente: "¡Sí! Muy puro, muy casto, pero muy lejano, muy extraño. ¡No! No le acepto su palabra".
Es necesaria la Palabra de Jesús, espejo y fuente, la más alta de pureza, que le habla con su nombre a esta mujer: "¡María!" San juan 20,16. Es el amor personal, pero no es el amor exclusivo ni posesivo.
¿Cómo aprenderemos esta ciencia? ¡Corazón de Cristo, ilumínanos! Aprende la ciencia del amor verdaderamente cercano, cálido, limpio, bello, como la mirada de Jesús, como las manos de Jesús, como la voz de Jesús. Este es el amor hermoso, que después del Corazón de Cristo, tiene su mejor espejo en el Corazón de la Santa Virgen. Este es el amor que necesita nuestro tiempo, y esta es la belleza de una consagración.
¡Qué hermosa es la consagración! ¡Qué bella es la consagración! Cristo puede atraer a los que están lejos y puede transformarlos.
Esta mujer fue,¡Un alma contemplativa! ¡Un alma, que como la de Moisés, lleva el reflejo de la gloria de Dios en su rostro! Así decía San Pablo: "Nosotros llevamos la gloria de Cristo en nuestro rostro descubierto" 2 Corintios 3,18.
¡Almas consagradas! ¡Almas llenas de amor! ¡Almas puras! ¡Almas contemplativas! ¿Es un sueño? María Magdalena nos está diciendo: "No es un sueño". ¡Es una realidad que supera todo sueño! ¡Es la realidad de lo que Cristo quiere y puede hacer en tu vida!
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