Sola en mi pequeña celda, sola con Dios, mientras mi alma se abre al Señor. La poesía de la soledad es dulzura para mi alma, el gran silencio en el amor supremo, en el dolor, el sacrificio y el divino abrazo de Jesús, premisa de la cita eterna.
De dónde me viene esa sed cada vez más ardiente de la luz y de la verdad, esa necesidad de acercarme siempre cada vez más a Dios. Ninguna calma, ningún reposo, ninguna alegría puede alojarse en mí si no la de Dios. Nada me interesa, todo es vano fuera de Dios. Todo me cansa. Sólo Tú, Oh mi Dios, puedes alegrar mi alma.
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