martes, 16 de julio de 2013

Zarza


En cambio, el fuego del Espíritu no se alimenta de nosotros. El Espíritu Santo no viene a alimentarse de nosotros, porque no necesita de nosotros. Es un fuego que no viene a tomar de nosotros, sino un fuego que es puro don, que es puro regalo, que es pura donación.
El fuego del Espíritu Santo no llega a quitarnos nada. La zarza sigue siendo zarza, pero es una zarza ardiente.  El Espíritu Santo a tu vida, y tú eres lo que eras, pero en fuego, en Espíritu.
Aquí surge una imagen preciosa sobre lo que es el sentido de la obediencia a la voluntad de Dios. Cuando yo obedezco la voluntad de otra persona, yo tengo que cancelar mi voluntad, para que se realice la voluntad de esa persona.
La voluntad de Dios no llega a nuestras vidas anulando lo que nosotros somos. Esta es la zarza más bella de todas las zarzas. Esta es la zarza embellecida, esta es la zarza luminosa. El Espíritu Santo no llega a anularnos. La Voluntad de Dios no llega a cancelarnos. Por eso no hay que temer a la Voluntad de Dios, ni hay que temer al fuego de Dios, a ese fuego no hay que temer.
Dedicarnos a obedecer solamente voluntades o caprichos humanos, incluido el capricho de uno mismo, puede ser destructivo: la zarza se consume y se destruye. Cualquier otro fuego destruirá la zarza. Pero el fuego de Dios no destruye. Dios no viene a tí a destruír lo que tú eres, sino a que tú seas la zarza más bella de todo el desierto, a que tú seas zarza, pero zarza divina, según el modelo de Dios.
Moisés llega al monte Horeb, se encuentra con este espectáculo que atrae su atención. Y se dice: "Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza" Exodo 3,3. En realidad, esa zarza era imagen del mismo Moisés, porque el Espíritu de Dios vendrá sobre Moisés. Es que Moisés mismo era una zarza.
Moisés dice: "Pero, ¿quién soy yo?" Exodo 3,11. Es una persona que tiene realismo sobre lo que es: "¿Quién soy yo para hacer eso?" Exodo 3,11. 

 Los Santos son zarzas ardientes, y nosotros somos zarzas que estamos buscando ese fuego de Dios. Vamos sin ninguna gracia. Vamos por esta vida como gente sin mayor sentido. Y de pronto, Dios nos muestra a sus Santos, Dios nos muestra zarzas hermosas.
Y decimos: "Pero, ¿cómo es posible que no se haya acabado esa persona? ¿Cómo es posible que Pedro Claver hiciera lo que hizo? ¡Años y años de un servicio tan abnegado! ¿Cómo es posible que San Lorenzo entregara su cuerpo a las llamas? ¿Cómo es posible que Santa Blandina, una esclava que fue pavorosamente torturada por el nombre de Cristo, resistiera?
¿Cómo es posible que tantos hayan perdonado a sus enemigos? ¿Cómo es posible que hayan hecho milagros tan grandes? ¿Cómo es posible que la humanidad, nuestro pobre barro, soporte obras tan grandes? ¿Cómo es que no quedaron aplastados, por Dios?"
La zarza ardiente son los Santos, y nosotros somos zarzas que todavía no arden. Nosotros somos matorrales sin gracia, y Dios nos pone adelante matorrales con gracia. Y uno mira el matorral con gracia, y uno dice: "Pero, ¿cómo es posible esto? ¿Cómo es posible que esta persona sea así?"
¡Feliz admiración la de Moisés! A través de la admiración de la zarza ardiente, Moisés fue llamado a arder también él. Y de hecho, la vida de Moisés fue una zarza ardiente.
¡Su humanidad pequeña! ¡Su humanidad triste! ¡Su humanidad rastrera! Era un hombre cobarde, era un hombre limitado, un hombre que tenía conciencia profunda de sus limitaciones, de sus barreras. Era una zarza, pero esa zarza, Dios la puso a arder.
Y así como Moisés se maravilló de esta zarza ardiente, así muchos se maravillaron de ver que Moisés, que era el hombre más bajo, el hombre más humilde de la tierra, lo describe la Sagrada Escritura, también fue una zarza ardiente que atrajo a muchos otros.
Y, ¿qué sucedió? Moisés se empieza a acercar a la zarza. Puede ser sorprendente para nosotros lo que entonces sucede. Dios lo llama, esa es una manera de atraer. "Moisés, Moisés" Exodo 3,4, lo llama, lo atrae.
Pero cuando Moisés responde: "Aquí estoy" Exodo 3,4, he aquí lo que le dice la voz: "No te acerques" Exodo 3,5. Lo atrae y lo frena, lo acerca y lo repele.
Es un comportamiento un poco extraño el de esa voz, que es la voz de Dios. Al mismo tiempo atrae y frena. Quiere que nos acerquemos, y nos muestra la distancia. ¿Por qué obra Dios así? ¿Por qué quiere que nos acerquemos, y cuando nos estamos acercando, nos dice: "No te acerques" Exodo 3,5. ¿Por qué este lenguaje tan extraño de acercarnos y de alejarnos?
"Acércate" Exodo 3,4, pero no es sólo "acércate", es también "aléjate" Exodo 3,5. Y, ¿por qué no le dice sólo "aléjate"? Porque si sólo le dijera "aléjate", le estaría diciendo: "Tú y yo somos incompatibles; tú y yo somos distintos y distantes".
De manera que con ese lenguaje de "acércate y aléjate", Dios le estaba enseñando algo a Moisés, y de este pasaje, a todos nosotros.
 Dios no es distinto de nosotros, pero Dios tampoco es como nosotros. No es distinto de nosotros quiere decir, que podemos acercarnos. Que no es como nosotros quiere decir, que hay un límite en ese acercamiento.
Por una parte, Dios nos desborda, nos excede, nos rebasa. En ese sentido, sentimos a Dios lejos. El tamaño del universo, las fuerzas que rigen el cosmos, los hechos que acaecen en la historia, nos desbordan radicalmente.
Cuando se piensa, por ejemplo, en lo que es el fragmento de la vida humana frente a las arenas de los siglos, nos sentimos desbordados. Somos demasiado pequeños, y Él es demasiado grande.
De manera que esa parte del "aléjate" es la parte de la trascendencia de Dios. ¡La trascendencia de Dios! Dios nos desborda. Dios lo llama, pero Dios también le dice: "No te acerques" Exodo 3,5, y le invita también a tener ese gesto de descalzarse. Dios le recuerda su trascendencia.
Tener la capacidad de recordar la distancia que nos separa de Dios, su inmensidad frente a nosotros, es indispensable. Porque si no creemos en un Dios grande, tampoco creeremos en soluciones grandes, y los problemas, de todas maneras, son muy grandes. De modo que si los problemas son muy grandes, y tú no crees en un Dios grande, no tienes nada que hacer con tu Dios frente a los problemas.
Hay que tener clara conciencia de la trascendencia, de la inmensidad de Dios, y en ese sentido nos dirá el Nuevo Testamento: "Dios habita en una luz inaccesible, Dios nos desborda, Dios es inmenso, Dios es infinito, Dios es lejano" 1 Timoteo 6,16.
Antes de decirle "no te acerques" Exodo 3,5, le había dicho: "Moisés, Moisés" Exodo 3,4. Había pronunciado el nombre de él, y si hay algo que es personal, si hay algo que es íntimo y cercano, es el nombre. Ha llamado a Moisés por su propio nombre, "Moisés" Exodo 3,4.
Es el Dios lejano, pero ese Dios lejano conoce mi nombre, y me puede llamar por mi nombre un día, como a Moisés lo llamó junto al Horeb. Dios puede pronunciar mi nombre. El Dios infinitamente lejano, es también un Dios infinitamente cercano.
Como conoce el nombre de Moisés, así también conoce la realidad del pueblo de Israel, y le dice: "El clamor de los israelitas ha llegado a mí" Exodo 3,7. ¡Esto es una sorpresa! "El clamor ha llegado hasta mí". ¿No dijimos que era un Dios que estaba lejos, más allá de las estrellas, por encima de toda verdad, en una luz inaccesible?
Pero hay un puente que une a ese Dios lejano con esta tierra de iniquidad. Y ese puente se llama clamor, el "clamor de mi pueblo". Hay un puente entre el infinitamente lejano, que hace que sea infinitamente cercano, y ese puente es el clamor. ¡El clamor!
¿Cómo puedo escalar yo ante un Dios que supera los siglos, que atraviesa los espacios, que todo lo conoce, que todo lo puede, que es infinitamente santo, y que, además, desbordándome por todas partes, no lo puedo llamar sino la luz inaccesible? ¿Cómo puedo llegar a Él?
Pero hay un camino para ir a esa luz inaccesible. Ese camino se llama el clamor. ¿Quién ha llegado hasta esa luz? Acaso, ¿qué dice este Dios? Dice, por ejemplo: "Los más sabios entre ustedes, ¿están a punto ya de alcanzarme?" ¿Dice eso? Dice: "Los reyes más grandes entre ustedes, ¿ya casi tienen mi majestad?" ¿Dice eso?
Dice: "El clamor de los israelitas ha llegado a mí" Exodo 3,7.
"Te conozco por tu nombre, soy el Dios que te conoce, soy el Dios cercano". "No te acerques, la tierra que pisas es santa" Exodo 3,5, "soy el Dios lejano". Es Dios de lejos, y es Dios de cerca, y así lo necesitamos.
Este es el Dios en el que nosotros creemos. Y hemos aprendido, también, que a este Dios se llega a través de una palabra maravillosa que se llama el clamor. Cuando uno escucha historias de conversión, siempre hay esta palabra, siempre, la palabra clamor.
La hora del clamor llega. Y, ¡bendita hora del clamor! No tendrá que ser un ataque de ira, no. Eso va de acuerdo con el temperamento y las circunstancias de la persona. Pero lo que tienen en común todos los clamores, es lo que dice hermosísimamente una canción, "rendirse". ¡Ríndete a Cristo! ¡Ríndete a Él! ¡Rendirse!
Este es el clamor,  ese es el clamor que hace que el Dios más grande que todos, pueda estar cerca a nosotros, y pueda obrar en favor nuestro. "¡Señor! ¡Señor! ¡Me rindo! ¡Tú eres el Señor!"
El clamor nos devuelve a nuestra condición original de criaturas. No es un acto de cobardía, es un acto de sensatez. La belleza del clamor, la belleza de rendirse ante Dios, es la belleza de encontrar el Dios cercano que antes era el Dios lejano.
Saber que el Dios cercano, no por cercano deja de ser poderoso, y saber que el Dios lejano, no por lejano está imposibilitado de oírme; aunque esté lejos, me oye, y aunque esté muy cerca de mí, todo lo puede, ¡Ah! ¡Qué belleza!
El que tenga ese Dios, el que conozca a ese Dios, que se una a Moisés. Verá grandes obras, verá una Pascua maravillosa, y comprenderá el poder incomprensible, el poder de Dios que
todo lo supera.

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