Fíjate que fue Cristo en oración el que llamó a orar a los discípulos, la manera de orar de Jesucristo se convirtió en un llamado para orar, de manera que, primero, las fórmulas no son lo más importante, de acuerdo.
Segundo, pero las fórmulas si son útiles o el mismo Jesús oró con los salmos, cuando Jesús estaba en la cruz dijo, por ejemplo, el salmo 22 que empieza con esas palabras desgarradoras “Dios mío, Dios mío por qué me has abandonado” esas palabras que le alcanzaron a oír a Cristo fueron las que le alcanzaron a oír, pero no fueron las únicas que El dijo.
Jesús estaba orando un salmo, y minutos o segundos antes de morir Jesús estaba orando con otro salmo y dijo: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” Salmo 31,6, esto se encuentra en el salmo treinta y uno, tal vez.
Jesús estaba orando con los salmos. “A tus manos encomiendo mi espíritu” Salmo 31,6, dijo Jesús; si eso dijo, porque eso fue lo que le alcanzó a oír el que estaba ahí cerquita, pero Jesús siguió orando más cosas. Ese salmo dice: “A tus manos encomiendo mi espíritu; tú, el Dios leal, me liberarás” Salmo 31,6.
De manera que las dos cosas son importantes, que uno no puede quedarse en las fórmulas, pero que uno sí puede aprovechar las fórmulas.
Además, les cuento una cosa: algunas personas dicen: "Yo oro con mis propias palabras, yo no voy a orar con rosarios ni con novenas"; pero yo les voy a contar una historia sobre esto de orar con las propias palabras.
Utilizar fórmulas como el Santo Rosario, como las novenas aprobadas por la Iglesia, los devocionales aprobados por la Iglesia, las oraciones de los santos y sobre todo los salmos y los cánticos de la Sagrada Escritura, orar así educa al corazón para que no me invente a Dios; yo necesito un Dios no sólo que me apruebe, sino que me corrija, no sólo que me consienta, sino que me guíe. La mejor manera de aprender a orar, por ejemplo, con el Padre Nuestro, que hoy nos ha enseñado Jesucristo.
Jesús nos invita hoy a orar, a orar con constancia, a orar con amor a orar con fuerza, a orar con fe, y Abraham nos ha enseñado que incluso en un caso tan grave como el de Sodoma y Gomorra, la oUna bellísima expresión popular de la fe es la oración del Angelus la Hora de María]. Es una oración sencilla que se reza en tres momentos señalados de la jornada, que marcan el ritmo de nuestras actividades cotidianas: por la mañana, a mediodía y al atardecer. Pero es una oración importante; invito a todos a recitarla con el Avemaría. Nos recuerda un acontecimiento luminoso que ha transformado la historia: la Encarnación, el Hijo de Dios se ha hecho hombre en Jesús de Nazareth.
RIO DE JANEIRO, 26 Jul. 13 / 05:38 pm (ACI).- Queridísimos jóvenes
Hemos venido hoy aquí para acompañar a Jesús a lo largo de su camino de dolor y de amor, el camino de la Cruz, que es uno de los momentos fuertes de la Jornada Mundial de la Juventud.
Al concluir el Año Santo de la Redención, el beato Juan Pablo II quiso confiarles a ustedes, jóvenes, la Cruz diciéndoles: “Llévenla por el mundo como signo del amor de Jesús a la humanidad, y anuncien a todos que sólo en Cristo muerto y resucitado hay salvación y redención” (Palabras al entregar la cruz del Año Santo a los jóvenes, 22 de abril de 1984: Insegnamenti VII,1 (1984), 1105).
Desde entonces, la Cruz ha recorrido todos los continentes y ha atravesado los más variados mundos de la existencia humana, quedando como impregnada de las situaciones vitales de tantos jóvenes que la han visto y la han llevado.
Nadie puede tocar la Cruz de Jesús sin dejar en ella algo de sí mismo y sin llevar consigo algo de la cruz de Jesús a la propia vida.
Esta tarde, acompañando al Señor, me gustaría que resonasen en sus corazones tres preguntas: ¿Qué han dejado ustedes en la Cruz, queridos jóvenes de Brasil, en estos dos años en los que ha recorrido su inmenso país? Y ¿qué ha dejado la Cruz en cada uno de ustedes? Y, finalmente, ¿qué nos enseña para nuestra vida esta Cruz?
1. Una antigua tradición de la Iglesia de Roma cuenta que el apóstol Pedro, saliendo de la ciudad para huir de la persecución de Nerón, vio que Jesús caminaba en dirección contraria y enseguida le preguntó: “Señor, ¿adónde vas?”. La respuesta de Jesús fue: “Voy a Roma para ser crucificado de nuevo”.
En aquel momento, Pedro comprendió que tenía que seguir al Señor con valentía, hasta el final, pero entendió sobre todo que nunca estaba solo en el camino; con él estaba siempre aquel Jesús que lo había amado hasta morir en la Cruz.
Miren, Jesús con su Cruz recorre nuestras calles para cargar con nuestros miedos, nuestros problemas, nuestros sufrimientos, también los más profundos.
Con la Cruz, Jesús se une al silencio de las víctimas de la violencia, que no pueden ya gritar, sobre todo los inocentes y los indefensos; con ella, Jesús se une a las familias que se encuentran en dificultad, que lloran la trágica pérdida de sus hijos, como en el caso de los 242 jóvenes víctimas en el incendio de la ciudad de Santa María en el incendio de este año recemos por ellos.
O que sufren al verlos víctimas de paraísos artificiales como la droga; con ella, Jesús se une a todas las personas que sufren hambre en un mundo que cada día tira toneladas de alimentos; con ella, Jesús se une a quien es perseguido por su religión, por sus ideas, o simplemente por el color de su piel; en ella, Jesús se une a tantos jóvenes que han perdido su confianza en las instituciones políticas porque ven el egoísmo y la corrupción, o que han perdido su fe en la Iglesia, e incluso en Dios, por la incoherencia de los cristianos y de los ministros del Evangelio.
En la Cruz de Cristo está el sufrimiento, el pecado del hombre, también el nuestro, y Él acoge todo con los brazos abiertos, carga sobre su espalda nuestras cruces y nos dice: ¡Ánimo! No la llevas tú solo. Yo la llevo contigo y yo he vencido a la muerte y he venido a darte esperanza, a darte vida (cf. Jn 3,16).
2. Y así podemos responder a la segunda pregunta: ¿Qué ha dejado la Cruz en los que la han visto, en los que la han tocado? ¿Qué deja en cada uno de nosotros? Deja un bien que nadie más nos puede dar: la certeza del amor indefectible de Dios por nosotros. Un amor tan grande que entra en nuestro pecado y lo perdona, entra en nuestro sufrimiento y nos da fuerza para sobrellevarlo, entra también en la muerte para vencerla y salvarnos.
En la Cruz de Cristo está todo el amor de Dios, su inmensa misericordia. Y es un amor del que podemos fiarnos, en el que podemos creer.
Queridos jóvenes, fiémonos de Jesús, confiemos totalmente en Él (cf. Lumen fidei, 16). porque Él nunca defrauda a nadie.
Sólo en Cristo muerto y resucitado encontramos salvación y redención. Con Él, el mal, el sufrimiento y la muerte no tienen la última palabra, porque Él nos da esperanza y vida: ha transformado la Cruz de ser instrumento de odio, de derrota, de muerte, en un signo de amor, de victoria y de vida.
El primer nombre de Brasil fue precisamente “Terra de Santa Cruz”. La Cruz de Cristo fue plantada no sólo en la playa hace más de cinco siglos, sino también en la historia, en el corazón y en la vida del pueblo brasileño, y en muchos otros. A Cristo que sufre lo sentimos cercano, uno de nosotros que comparte nuestro camino hasta el final. No hay en nuestra vida cruz, pequeña o grande, que el Señor no comparta con nosotros.
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