miércoles, 3 de julio de 2013

Horizonte


Tenemos unos ojos, los de Cristo” y otros ojos, los de Mateo, y se cruzan también estas miradas, la mirada de Cristo y las mirada de Mateo.
Cristo, el Hijo de Dios, como Hijo de Dios lo tiene todo, y sin embargo parece un mendigo por esas calles, es un pobre a quien no se le puede ni siquiera cobrar los impuestos. Jesús es un rico que parece pobre, es un pobre que enriquece, ese es Jesucristo.
Mateo, tiene un oficio en el cual le es posible recoger mucho dinero como publicano. Tiene la posibilidad de recoger dinero y se ha hecho rico de bienes de esta tierra, pero es un rico que parece pobre.
Cristo es un pobre que enriquece y Mateo es un pobre que parece rico. Realmente, los que se encuentran son: un rico que parece pobre, que es Jesucristo, y un pobre que parece rico, que es Mateo.
Esa es la mirada que se encuentra. Jesús que trae la dádiva del Cielo; Mateo que conoce los bienes de la tierra; Mateo que no le puede cobrar a Cristo, que no le puede pedir a Cristo el impuesto, pero sí le puede pedir a Cristo la vida y eso es lo que Cristo le regala a Mateo.
Cristo le abre un horizonte a Mateo, un horizonte con una sola palabra: "¡Sígueme! San Mateo 5,9; una palabra suficiente para abrirle un camino, para abrirle un horizonte a Mateo.
Se nos ha hablado de un amor de pareja y el evangelio nos ha hablado del amor de Cristo Salvador, pero hay un parecido entre el amor de la pareja y el amor de Cristo Salvador.
Así como Isaac tiene un futuro, tiene una promesa para darle a Rebeca; tiene un camino para ofrecerle a ella, así también Cristo hace el papel del esposo aquí, y el alma humana hace el papel de la esposa aquí.
Hay que recibir la voz de Jesucristo como la novia se enamora de su novio, como la esposa amada escucha la palabra del esposo amoroso. Hay unas bodas que se celebran entre Cristo y el corazón humano.
El que no sabe de las bodas de Jesucristo con el alma, mal puede vivir la unión del hombre y la mujer. Si el alma del hombre y el alma de la mujer, si esas almas, saben escuchar a Cristo, entonces entienden de amores como se entendieron en amor Isaac y Rebeca.
Pero si el ser humano no conoce la potencia de la palabra que enamora, de la palabra de Cristo que enamora; si no ha sido seducido y enamorado por la palabra de Cristo Dios.
Es necesario que el ser humano, ¡sepa postrarse, sepa escuchar, sepa dejarse enamorar por la palabra de Cristo!
Cuando la palabra de Cristo “esposo” tiene poder en el corazón , el corazón sabe también cómo amar.
Eres hechura de Dios, Dios es el que tiene el plan para ti; si tú no descubres primero el plan de Dios, ningún destino será felicidad para ti!
La manera más delicada, pero también la más profunda y diciente para referirnos al amor de Dios y a la historia de nuestra salvación es el amor.
 Cristo es el que tiene la capacidad maravillosa de enamorar y el que no haya sentido la seducción de Jesucristo, qué mal podrá entender de amores humanos.
¿Qué es el ser humano? En la vida de su ser que ha sido seducida por el amor de Jesucristo es un instrumento, es un camino, es un representante, es un embajador. Esto lo dice claramente San Pablo cuando compara al hombre y a la mujer con Cristo y la Iglesia.
Descubrir la seducción de Jesucristo, sentirnos cautivados por Cristo, ¡qué hermoso es! Esa boda maravillosa de Cristo, Esa boda lindísima de Cristo ¡Es la que Papá Dios ha estado preparando! ¡Cómo es de lindo ¡ Papá Dios,, le preparó la boda a su hijo! ¿No nos parece hermoso? Cuando piensas que Abraham le preparó la boda a Isaac.
De la misma tierra, del mismo lugar donde había salido Sara, de ahí quiere que salga Rebeca. Sara es como imagen de la vida natural; Rebeca, cautivada por la palabra, es imagen de la vida de la gracia.
De la misma humanidad que viene la vida natural, de esa misma humanidad Dios ha hecho florecer la vida de la gracia, de ahí sale Rebeca, pero ya no es la Rebeca para Isaac, es la rebeca para Jesús, porque Abraham tiene un hijo que se llama Isaac y Dios tiene un hijo que se llama Jesús.
Abraham preparó la boda para Isaac y Papá Dios preparó la boda para Jesús. Y somos todos nosotros salidos de la misma tierra de donde sale Sara, de donde salió la vida natural.
Todos nosotros, seducidos por la palabra de la promesa, como Rebeca, nos hemos puesto en camino, y cuando llega la hora de la Eucaristía, alzamos un poquito los ojos y vemos a nuestro prometido, le vemos, ya no es Isaac, es Jesús, vemos a Jesús, nuestro amado, nuestro prometido.
Jesús Nuestro Señor nos ama y se desposa con nosotros, es lo que sucede cuando nosotros comulgamos. Somos Rebeca. Estamos saliendo de Caldea, y Jesús, el Hijo de Dios, nos ve.
Así miramos a Jesús y nos gozamos en Él. Un día Jesús podrá abrazarnos, podrá darnos de su amor, podrá darnos todo su amor. Ese será el final de la historia.
Es una gracia, que Dios se digne perfeccionar en la Iglesia, una gracia bellísima, cada virgen consagrada, cada hombre y cada mujer.

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