lunes, 9 de septiembre de 2013

Armonía

 Nuestro mundo, en el corazón y en la mente de Dios, es "casa de armonía y de paz" y un lugar en el que todos pueden encontrar su puesto y sentirse "en casa", porque "es bueno". Toda la creación forma un conjunto armonioso, bueno, pero sobre todo los seres humanos, hechos a imagen y semejanza de Dios, forman una sola familia, en la que las relaciones están marcadas por una fraternidad real y no sólo de palabra: el otro y la otra son el hermano y la hermana que hemos de amar, y la relación con Dios, que es amor, fidelidad, bondad, se refleja en todas las relaciones humanas y confiere armonía a toda la creación. El mundo de Dios es un mundo en el que todos se sienten responsables de todos, del bien de todos. Esta noche, en la reflexión, con el ayuno, en la oración, cada uno de nosotros, todos, pensemos en lo más profundo de nosotros mismos: ¿No es ése el mundo que yo deseo? ¿No es ése el mundo que todos llevamos dentro del corazón? El mundo que queremos ¿no es un mundo de armonía y de paz, dentro de nosotros mismos, en la relación con los demás, en las familias, en las ciudades, en y entre las naciones? Y la verdadera libertad para elegir el camino a seguir en este mundo ¿no es precisamente aquella que está orientada al bien de todos y guiada por el amor?
Empieza a agradecerle al Señor, todo, todo, todo, todo. Ese es el camino de las bienaventuranzas, si sabemos que el camino de las bienaventuranzas en esta tierra prepara el camino de la bienaventuranza en el cielo. Darle gracias a Dios por todo, por todo, por todo.
Alabamos a Dios, pero vamos a alabarlo, no por todo, por todo por todo, sino sobre todo y por encima de todo, por aquello que es lo que duele, lo que incomoda.
Las tribulaciones sean internas o externas, en el cuerpo, en el alma, en la imaginación, los recuerdos, la memoria, la sensualidad, la inteligencia, la voluntad, cualquier tribulación viene, viene cualquier tribulación a los elegidos, a los amados de Dios, a nosotros redimidos por la Sangre de Cristo, cualquier tribulación vine siempre con la bendición de Dios, siempre.
La respuesta de Catalina es un modelo de prudencia Cristiana, dice ella: Sea en tod
o servido mi Señor.

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