Jesús ha querido imprimir en nosotros esa frase para que jamás olvidemos cuánto necesitamos de la luz que Él mismo nos ha venido a traer, porque ¿qué es estar ciego? Curiosamente, Cristo lanza esta acusación sobre aquellos que creían ver más. Leamos como, en el capítulo noveno del evangelio según San Juan, se presenta el caso de un hombre que era ciego de nacimiento y Jesús lo cura.
Santo Tomás de Aquino dice que hay dos tipos de ceguera, una ciertamente es la ignorancia, pero hay otra más grave, la ceguera del pecado, es ese endurecimiento que el corazón adquiere cuando le toma gusto al pecado, cuando el corazón se enamora del pecado, entonces no quiere ver, ahí se cumple lo que dice el refrán: "No hay peor ciego que el que no quiere ver".
De esa ceguera viene a rescatarnos Jesucristo, porque con el esplendor de su santidad, con la veracidad de sus palabras, con la maravilla de sus milagros, y sobre todo con esa eficacia de gracia, ese poder del Espíritu Santo, Él viene a romper todas esas mentiras para que nosotros podamos ver que estábamos ciegos, y podamos entonces reconocer que necesitamos ayuda, y así, jamás seamos ciegos que guían a otros ciegos
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