miércoles, 11 de septiembre de 2013

Elemento


San Pablo se presenta como un enviado de Jesucristo, como alguien alcanzado por la misericordia de Cristo, y esa misericordia que lo alcanzó, esa misma misericordia es la que lo convierte en apóstol.
Del amor nace la palabra. Sólo habla el que ama, predica bien el que sabe cuánto cuestan esas palabras y a qué precio fueron comunicadas. La fuente de la predicación y la fuente del apostolado están en la misericordia.  Cuando nuestras bocas las abre el amor, los corazones de quienes nos oyen, escuchan con amor, porque el mismo amor que abre la boca para hablar, abre tú corazón para escuchar; el fuego que hay en el corazón enciende fácilmente en el oyente. Testigos, entonces..
Vivir la predicación como lo vivió San Pablo,  pero sobre todo como lo vivió Nuestro Señor Jesucristo, es una obra parecida. Consiste en irse quemando, consiste en irse desapareciendo.
Dios nuestro Padre nos invita, como al Apóstol San Pablo, a experimentar su misericordia y luego, movidos por esa misericordia, a consumirnos en ella.
Unirnos así a Nuestro Señor supone, en buena parte, que muchas cosas, muchas cosas de nosotros tiene que desaparecer.
Ese impulso generoso de su corazón no quiere que nada le detenga.
La penitencia, el desprendimiento real desde el fondo del corazón.  Misericordia, predicación, penitencia, itinerancia.
San Pablo dice: “La gracias de Nuestro Señor Jesucristo sobreabundó en mí, juntamente con la fe y la caridad en Cristo Jesús” 1 Timoteo 1,14.
Él reconoce su pasado de pecador, pero no se detiene en esos pecados; más bien, convierte a esos pecados, los obliga a hablar de Dios.
El pecado protestará, pero se destaca hacer hablar toda nuestra vida para la gloria de Dios.  Predicar la gracia es otro elemento. Penitencia y agilidad, desprendimiento, itinerancia, misericordia y una palabra que nace del amor. Predicar como salvados, gracia sobreabundante que hace que todo en mi vida se convierta en mensaje para las otras personas.

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