sábado, 7 de septiembre de 2013

Sentir

El Apóstol San Pablo. Un hombre que recibió revelaciones tan grandes de parte de Dios, pero también un hombre que participó de un mundo singularísimo, en lo que podemos llamar el dolor de amor de Dios.
Sentir el amor de Dios es sentir que Dios me ama, pero sentir el amor de Dios es también sentir que yo empiezo a amar como Dios me ama. 
Muchas veces, cuando hablamos del amor y del amor de Dios, nuestra atención se dirige a todo lo que Dios nos da, al amor que Él nos tiene a nosotros, pero precisamente porque Él nos da ese amor, ese amor queda en nosotros y el amor de Dios en nosotros es un amor activo, es un amor que sigue amando, que sigue amándonos a nosotros, claro, y dándonos vida , pero también un amor que, a través de nosotros, quiere darle vida a otros; y sentir ese amor de Dios, hacia otros, es participar del género de vida que llevó Jesucristo.
"Este es mi mandamiento, dijo Jesucristo, que os améis unos a otros como yo os he amado" San Juan 15,12; y también dijo Cristo, allá en el evangelio de Juan: "Así como el Padre me ha amado, yo os he amado" San Lucas 15,9.
El amor no puede estar inactivo, yo no puedo recibir amor sin empezar a amar, y yo no puedo recibir el amor de Dios sin empezar a amar como Dios. Amar como Dios, eso es exactamente lo que hemos encontrado en Jesucristo. El que quiera conocer el retrato del amor de Dios, que mire hacia Jesucristo.
Y bien, lo que encontramos es que el amor en Cristo es un amor marcado por el dolor, porque es un amor que es rechazado muchas veces, es un amor que no es entendido, es un amor que incluso llega al camino de la Pasión, de los azotes y de la cruz.
La única conclusión lógica, una conclusión que sin embargo se predica muy poco, es que experimentar el amor de Dios, es experimentar eso que hemos llamado el dolor de amor, y ese es el dolor de amor del que nos habla Pablo en esta lectura, dice él: ""Me alegro de sufrir por ustedes: así completo lo que falta a la pasión de Cristo" Carta a los Colosenses 1,24.
"Me alegro de sufrir por ustedes" Carta a los Colosenses 1,24; pero, ¿qué hay de alegría en ese sufrimiento? Porque es un sufrimiento de amor, y, ¿ por qué hay sufrimiento en ese amor? Porque es el amor con el que Dios ama, y como el amor de Dios es un amor sin condiciones, es un amor que permanece incluso cuando es rechazado, pero el rechazo duele. El amor de Dios no se detiene por ser rechazado, pero el rechazo duele.
Cuando una persona, como Pablo, empieza a experimentar ese amor, empieza a experimentar que ama, aunque es rechazado; que ama, aunque es perseguido; que ama, aunque no es comprendido.  Ese modo de amor es el modo que también habíamos encontrado en la Pasión de Cristo, ¿entonces la Pasión de Cristo fue imperfecta? Depende de cómo se entienda.
Si pensamos en la manera como Cristo amó y en la eficacia de su sacrificio, la Pasión de Cristo fue perfecta; pero si pensamos en los frutos de esa Pasión, los frutos de esa Pasión sólo se alcanzarán en nosotros cuando ese amor nos alcance a nosotros, y cuando ese amor nos alcance a nosotros, nos hará padecer también.
Por eso la Pasión de Cristo está incompleta, porque sólo será completa, cuando sea también pasión, cuando sea también padecimiento de amor, padecimiento que da vida, padecimiento que trae alegría. Sólo ahí, sólo cuando eso suceda, podemos decir: el amor ha alcanzado su plenitud en nosotros.
Por cierto, esta es una enseñanza muy importante, porque en algunas controversias con cristianos no católicos, se habla de una especie de salvación sin ninguna clase de sufrimiento. Y aquí tendríamos que hacer también una diferencia: si de lo que se trata es de aceptar la salvación que Cristo ganó por mí en la cruz, desde luego que eso no trae sufrimiento, sino muchísimo gozo.
Pero una vez que abro las puertas de mi corazón, para que esa inundación de amor llegue a mi alma, entonces habrá dolor, pero ese dolor no es un dolor que yo padezco en soledad, en rebeldía o en esterilidad, es un dolor que padezco en compañía, en obediencia y en fecundidad.
De ese dolor nos habla Pablo, y ese dolor explica por qué, para nosotros los cristianos, nada se pierde, ni siquiera el dolor.

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