Jesús los envía desprovistos de bienes; de esa manera, los envía y está con ellos. La carencia de bienes materiales hace que ellos dependan por completo de la Palabra del que les ha enviado. Dice aquí: "Jesús reunió a los doce, les dio poder y autoridad, luego los envió" San Lucas 9,1-2. Puestos en el camino, no tienen de Cristo otra cosa sino la intercesión de Cristo, el mandato de Cristo, la Palabra de Cristo, el envío de Cristo.
La pobreza establece un lazo de unión continuo entre el predicador y el que lo ha enviado; porque al enviarlo sin darle nada, el predicador le está diciendo: "Mira, la palabra con la que te envío, es suficiente; el amor con el que te envío, te basta; la oración con la que te acompaño, debe proveerte de todo". Y por eso el que sale a predicar en total dependencia del que lo ha enviado, permanece en un lazo de unión con ése que lo ha enviado.
La pobreza, dicho de manera más breve, hace que permanezcan unidos a la palabra de providencia que los puso en camino. Y esta es una segunda razón para la pobreza.
Cuando nos encontramos con estos pobres que tienen otra clase de riqueza, entendemos también cuál es el Evangelio. El Evangelio tiene ese paradoje; así como dice San Pablo de Cristo que, "se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza" 2 Corintios 8,9, así también el Evangelio une como paradójicamente el despojo y la abundancia.
El mismo Cristo no tiene nada, no tiene dónde reclinar la cabeza; pero puede preparar un banquete para el pueblo en despoblado; no tiene seguridad social alguna ni dinero para médicos, pero suscita la salud en todos. Esta extraña combinación entre la abundancia y el despojo, que tiene su máxima expresión precisamente en la Cruz y la Pascua, es característica del Evangelio, y por eso este vestido de pobreza, es indudablemente el más apropiado para transmitir el Evangelio.
La predicación en la Iglesia tiene que ser abundante, desinteresada, audaz, sale al encuentro del necesitado, no lo espera simplemente.
"Ya no estamos en los tiempos en que podemos sentarnos a esperar que la gente llegue a nosotros". Esa conciencia de envío desinteresado, generoso; esa conciencia es más necesaria que nunca.
La predicación que sea abundante, que sea desinteresada, que esté impregnada de amor, que se vea que está desprendida de los intereses de esta tierra, sale al encuentro de todo el que la necesita. Es una predicación que tiene señales. No se trata de una legión de filósofos, que con argumentos bien compuestos, va a convencer a sus contemporáneos.
Se trata de gente que lleva, junto a la pobreza de su despojo material, lleva también la pobreza en la confianza de los propios recursos, en las propias fuerzas, en las propias ideas.
Tengo que ir no sólo desprendido del bastón, de la alforja, del pan y del dinero; tengo que ir desprendido de mí mismo, de mis ideas, de mis fuerzas, de mis virtudes, de mis recursos.
Al enviarlos Jesucristo para que realicen esas señales extraordinarias, inalcanzables para las fuerzas humanas, estaba apuntando a una pobreza que es aun más radical, es la pobreza de alcanzar la salvación por nuestros propios medios.
Una Iglesia misionera tiene que ser una Iglesia que tenga conciencia de que no puede producir salvación ella; de que como institución,como grupo de personas, como tradición, como cultura, o como se la quiera mirar, no puede producir salvación.
El misionero individualmente considerado, no puede lograr nada curar enfermedades o expulsar demonios, también la Iglesia necesita la conciencia de que siempre, siempre depende del poder del Espíritu; siempre depende de la gracia actual, de eso que no se puede predecir, no se puede planear y que sucede cuando, con la sola gracia, se expulsa al demonio y se cura la enfermedad.
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