martes, 3 de septiembre de 2013

Atributo


San Pablo nos presenta la obra del Evangelio en la comunidad de Colosas, una obra que se puede resumir en tres palabras: fe, esperanza y amor. Es uno de los pasajes en los que aparecen estas tres, que nosotros llamamos virtudes teologales.
Estas virtudes las llamamos virtudes teologales, tienen su fuente y tienen su realización, su culminación solamente en Dios. Teologal indica  aquello que no sólo tiene una referencia a Dios, sino que sólo puede darse por la comunicación que Dios hizo a través de Nuestro Señor Jesucristo, lo que depende de la efusión de la gracia y del don del Espíritu Santo.
Podemos decir que lo teológico,  es todo aquello que ha salido del poder de Dios o que el poder de Dios ha producido; pero Dios ha salido dos veces de sí mismo: una primera salida es la creación, donde a través de su poder, con sabiduría y amor, constituye en el ser a aquello que no existía.
Esta salida de sí mismo produce, crea el universo, pero Dios no se comunica, se comunica su poder, se comunica su sabiduría. Hay huella de su amor y de sus demás atributos en la obra de la creación.
La segunda salida, en cambio, se produce en la plenitud de los tiempos, cuando Dios Padre envía a su Hijo y envía al Espíritu Santo.
La Palabra del Hijo y el don del Espíritu Santo ya no son solamente algo de Dios que se ofrece, sino Dios mismo donándose. Esta es la segunda y definitiva salida de Dios, y en esta salida ya no queda nada más que desear, ya no hay más que desear por que es Él mismo ofreciéndose.
Aquellas virtudes, aquellas realidades que dependen enteramente de esta segunda salida, de este perfecto ofrecimiento, eso es lo que nosotros llamamos “teologal”, y nosotros llamamos teologales a la fe, a la esperanza y al amor, indicando así que sin este don de Dios no podrían existir; indicando también que donde hay fe, donde hay esperanza, donde hay amor, ahí no sólo hay algo de Dios, ahí esta Dios.
Dios no sólo permite, no sólo ordena, no sólo hace posible que se realice el acto de la fe, sino que en cierto modo es Él mismo el que lo realiza, y lo mismo sucede con la esperanza y con el amor.
En lo teologal, puede decirse que el verdadero y real sujeto, el que realiza en realidad la obra es precisamente Dios. Aquello que depende de la primera salida, es decir, de la creación es teológico, como he dicho, porque tiene su referencia a Dios; pero ahí el sujeto es más la criatura.
Nosotros tenemos inteligencia, tenemos memoria, tenemos voluntad en cuanto somos criaturas de Dios, los actos de memoria o de inteligencia, en cuanto tales, aunque serían imposibles si no hubiera Dios, en este sentido hacen una referencia a Dios, son actos más propiamente de la criatura.
Creer en Él esperar y confiarle a Él el sentido de mi vida, amar como Él quiere que yo ame, esto no es posible sin aquello que tradicionalmente llamamos la “inhabitación”.
Es preciso que sea Dios mismo, el que realice estos actos, y allí donde hay fe, allí donde existe la fe, no sólo hay alguien que cumple con un mandato de Dios o alguien que obra porque Dios le hace posible que obre. Es Dios mismo, por la gracia de su Espíritu, el que está obrando.
Esto indica que estas tres virtudes suponen una transformación de la persona; de hecho, "la fe es una perfección última de la inteligencia", nos dice Santo Tomás.
En contra de todo racionalismo moderno que ve una oposición, una incompatibilidad entre la razón y la fe, Santo Tomás, con mirada profunda, de Dios iluminada, descubre que la fe es una perfección última de la inteligencia, es una perfección última porque ya no es sólo un pensamiento brillante, no es sólo una buena idea, sino supone un conocimiento que la inteligencia, con sus propias fuerzas y en sus propios límites, no alcanzaría.
La fe supone como aprehender un objeto que supera las capacidades de la propia inteligencia, y por eso, la fe es de la inteligencia pero pone en movimiento a la inteligencia; es de la inteligencia porque supone afirmaciones, afirmaciones como decir: “Cristo es verdadero Dios y verdad
ero hombre”.

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