viernes, 27 de septiembre de 2013

 
Nuestro Evangelio nos es una huída de las realidades de este mundo; la fe y la religión no son un escape; nosotros los cristianos podemos ser cualquier cosa, menos escapistas. Nos interesa, nos duele, nos preocupa todo aquello que afecte el bien integral del ser humano,  por supuesto ahí entran de lleno las realidades económicas, sociales y políticas.
Hay un componente o dimensión profundamente social en el Evangelio, en nuestro mensaje cristiano, y desde el principio así aparece en el mensaje de los profetas. Los profetas, rápidamente, prontamente hicieron ver al pueblo que uno no puede hacerse ilusión de que está amando a Dios si tiene los ojos cerrados a la necesidad del hermano.
Esos terribles cinturones de miseria que encontramos en tantas de las ciudades inmensas de Latinoamérica, en Río de Janeiro, en el Distrito Federal en México, en Bogotá o en tantos otros sitios, sigue repitiéndo ese grito del evangelio, descubrir la necesidad del otro.
 Hay una tendencia al descuido y al olvido de la necesidad del otro, como seguidores de Jesús, una tarea que tenemos es luchar contra ese olvido, o como decía recientemente el Papa Benedicto en su viaje a Austria, "ser voz de los que no tienen voz".
Tenemos que recordar a nosotros mismos y al mundo, a todos esos que mueren en silencio, que no tiene quién los defienda, aquellos que son invisibles, aquellos que son Lázaros muriendo a la puerta de las casas de banquetes; recobrar a esos invisibles, abrir los ojos a esos que están padeciendo.
El Evangelio tenemos que hacerlo extensivo a todas realidades,  qué está pasando con el que está amargado, con el que está solo, con el que está triste, con el que no tiene quién lo apoye, con el que tiene solamente su refugio en unos tragos, en una botella de licor, qué está pasando con ése que está excluído.
Aquí el evangelio crece hasta tomar unas dimensiones casi cósmicas, podríamos decir, porque igual tenemos que preguntarnos por qué la fe no llega a todos, por qué Jesús no llega a todos.
 No podemos separar el Evangelio de la espiritualidad, de la mística y de la santidad, no lo podemos separar del Evangelio del compromiso social, de la justicia y de las realidades politicas y económicas.
O sea que el sentido pleno de este evangelio es no dejar a nadie, es descubrir que cuando puedo disfrutar el pan material, o el pan de la Palabra o el pan de Cristo, tengo que preguntarme qué sucede con el que no lo está recibiendo.
"Este pan de la fe, este pan del amor ¿cómo está llegando, cómo va a llegar a las nuevas generaciones?
"En el curso de una generación se perdió la transmisión de la fe". "En una generación todo el mundo consideraba normal casarse por la Iglesia, casarse ante el altar, tener hijos y bautizarlos prontamente", de algún modo la vida giraba entorno a los sacramentos.

El Pan de Cristo, no se está recibiendo el banquete del mismo Cristo, sin el banquete de este evangelio, cómo podemos ofrecer, cómo podemos presentar esta riqueza, esta dulzura del mensaje de Jesús también a esas personas.
El evangelio, nos invita a ampliar nuestra mirada, a no quedarnos tranquilos si alguno está quedando excluido; si alguno queda excluido de justicia, si alguno queda excluido de vivienda digna, si alguno queda excluido en sus derechos, si alguno queda excluido en la alegría, en la amistad.
O si alguno queda excluido en recibir a Jesús, ahíestán mis hermanos, tenemos un interrogante que hacernos, y ahí tenemos una responsabilidad, un llamado para compartir y para ofrecer.
Cristo Jesús, que nos dio testimonio abrazando a todos desde la Cruz, nos conceda esa gracia, para que en todo momento podamos ofrecer lo que Él nos ha dado y podamos hacer de este mundo un lugar más humano, más de acuerdo con el plan de Dios.

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