¡Qué hermoso eso que le dice Dios a uno de los profetas!: "Yo no soy enemigo a tus puertas, soy el Santo en medio de ti" Oseas 11,9.
Que así también Dios sea el Santo en medio de su pueblo, y renovando desde dentro a la Iglesia, renovando sus ministros, sus misioneros, sus sacerdotes, sus obispos; renovando profusamente la Iglesia, pueda traer una primavera de predicación y de gracia, para gloria de Dios, hasta el último confín de la tierra.
Según eso, podemos esperar que sus milagros sean más que actos de compasión para personas específicas. La verdad es que son señales de la llegada del Reino de Dios. Esto puede examinarse en cinco manifestaciones típicas de su ministerio:
La lepra destruye el tejido y asila al enfermo. Otro tanto hace el pecado en el pecador. Cristo sana al leproso y perdona y da conversión al pecador.
La ceguera hace que uno no reconozca los peligros ni sepa de dónde viene verdadero auxilio. Otro tanto hace la ignorancia en el que desconoce a su Dios. Cristo es luz para todos.
La sordera rompe la comunicación. Sordos estamos a la Palabra divina. En Cristo el amor se ha vuelto cercano y comprensible.
La parálisis nos encierra en una prisión de inmovilidad. El pecado nos encarcela en nuestros exiguos intereses. Viene Cristo y abre esa cárcel y nos hace capaces de servir.
Cristo volvió a la vida (re-vivificó) a algunos que habían fallecido, como es el caso de Lázaro. cristo da vida nueva al que cree en él.
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