La palabra "iglesia" viene de una palabra griega, "ecclesia", que significa "los convocados, la convocación, la gente llamada". Nosotros nos reunimos, porque hay una palabra, porque hay una voz que nos reúne, y esta voz, esta palabra, es la Palabra de Dios.
Esta Palabra que se predica, que es nuestra esperanza y que es nuestro alimento, nos llama, nos congrega. Y cuando oímos la Palabra de Dios, ya estamos comulgando, estamos alimentándonos de Dios.
La Celebración Eucarística tiene dos partes. En la primera, se alimenta nuestro entendimiento; es como la comunión de nuestra inteligencia. Y en la segunda, se alimenta nuestro cuerpo, se alimenta nuestro amor y todo nuestro ser, con el sacramento de Cristo en su Cuerpo y en su Sangre.
En la primera parte se nos cuenta quién es Jesús, y en la segunda parte, este Jesús se ofrece a nosotros. Si se quedara sólo la primera parte sin la segunda, nuestro amor permanecería como en suspenso. Porque, todos los bienes que se nos prometen y que se nos ofrecen, se mantendrían como un poquito a la espera.
Si se diera sólo la segunda parte sin la primera; es decir, si se repartiera únicamente la Eucaristía pero sin la Palabra de Dios, podríamos caer en el peligro de despreciar a Éste que recibimos.
En la Eucaristía, que es una obra del Espíritu Santo, memorial de Jesucristo en la Iglesia para siempre, hay esas dos partes, para que la proclamación de la Palabra nos ayude a conocer quién es Dios, la recepción de este Dios en la humildad de las especies de Pan y Vino, nos alimente y pueda ser de verdadero y completo provecho para nosotros.
San Lucas, nos muestra dos aspectos del Señor. Uno debe asistir a la Misa como se asiste a un banquete: con hambre. El hambre propia de la Eucaristía, es el hambre de conocer a Jesucristo: "Quiero saber más de Él, quiero conocerle; conocerle mejor para amarle mejor".
"Yo voy a ser como la muralla de fuego en torno a ti, pero yo voy a ser también tu alegría dentro de ti" Zacarías 2,5, Zacarías 2,10.
Esto es lo que viene a hacer Dios en nosotros: a protegernos por fuera de lo que podría hacernos daño, y a alimentarnos por dentro de lo que puede hacernos bien. Y Dios, por una parte, nos defiende de los males, y por otra parte, nos otorga sus bienes.
El que vive en Dios, se alimenta de lo sabroso de la Casa de Dios, y vive al mismo tiempo protegido, defendido de los males que podrían amenazar a este Dios que llevamos dentro.
Jesús, en el evangelio, dice, a pesar de que todo el mundo lo admiraba: "Meteos bien esto en la cabeza: al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres" San Lucas 9,44.
San Pablo en la Carta a los Romanos: "Todo, incluso los males, concurre para bien de los que Dios ama" Carta a los Romanos 8,28.
Acostúmbremonos a recibir la Palabra de Dios de tal manera, siempre que salgas de la Iglesia lo hagas con una enseñanza y conozcas más al Rey de la gloria, a Cristo glorioso que es tu alimento.
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