El nombre más íntimo a la persona del Verbo, que es el nombre de “Hijo del Padre”, es un nombre que Cristo participa a nosotros, de hecho ese es el gran misterio de la Navidad: que el Nombre único, en cierto modo incomunicable del Unigénito, a través de la misericordia y de la humillación de Jesucristo, se hace participable por todos nosotros, y todos nosotros participamos hasta de ese Nombre, el más íntimo.
Si esto vale para el nombre de “Hijo”, con mayor razón vale con cualquier otro nombre que se diga de Cristo, ya se le llame Rey, ya se le llame Sacerdote, ya se le llame Pastor. Porque en el fondo, cuando nos hacemos solidarios con Jesucristo, formamos eso que San Agustín llamaba "el Cristo Total”.
En ese Cristo Total, Dios mira restaurado a Adan. De modo que todo ese plan que había originalmente para Adán, ese reinar sobre la creación, ese darle el nombre a la creación, ese ser tratado como hijo, todo eso se cumple en el Cristo Total.
están unidos así con Cristo en la muerte, estamos seguros, de acuerdo con la teología de San Pablo,de que Cristo los ha hecho solidarios con su triunfo y con su resurrección, y por eso los llamamos Santos, porque estamos seguros que están unidos al destino del Santo.
Pensemos, amigos, en que "José se levanta de noche, como dice expresamente el evangelio, toma el Niño y a la mamá y sale hacia Egipto" San Mateo 2,14.
Muchos de nosotros nos quedamos sólo ahí. Tal vez no hemos meditado en el hecho de que la primera infancia de Cristo sucedió en tierra extraña, en tierra pagana.
¿En dónde vivieron José y María en Egipto? Indudablemente en alguna de las colonias judías que había en Egipto.
Desde la época del destierro a Babilonia se habían ido formando colonias judías en distintas partes del mundo conocido, y en esas colonias, que en su conjunto se llamaban la “diáspora”, se sostenía la lectura de la Palabra de Dios, se sostenía la meditación, se sostenía la oración.
La infancia de Jesucristo estuvo marcada por la pobreza de un desterrado, por la pobreza de un desplazado. Eso es muy importante recordarlo, por ejemplo, en el contexto de violencia de nuestro país. ¿Cuánto se puede sacar en una noche, a toda carrera, de una casa? Una casa que ya era pobre.
Inevitable asociar esta huída a Egipto con lo que han tenido que vivir tantas familias, por ejemplo en nuestro país, que tienen que salir así, en carrera, casi sólo con la ropa que llevan puesta. La pobreza, el desplazamiento, una lengua extraña, una religión distinta, este fue el horno durísimo, inclemente, en el que fue formado Jesucristo. ¡Esta fue la infancia de Jesucristo!
La dureza de esta infancia indudablemente marcó toda la vida del Señor. Jesús, cuando le encontramos en el Evangelio, está lleno de seriedad, no de amargura, no es amargo, no es resentido, pero nunca es trivial, jamás es superficial.
Jesús tiene esa extraña seriedad de la persona, que como dice el profeta Isaías, está acostumbrada a sufrimientos. De aquella persona que ha conocido desde el principio el revés de la vida, que ha conocido, lo que diría el pensador latinoamericano, "el revés de la historia", ha conocido la otra versión.
"El Señor me ha enviado a dar una buena noticia a los pobres" San lucas 4,18, Él sabía lo qué estaba diciendo, porque conocía la historia desde el revés, porque se había metido en los sótanos del mundo, porque sabía a qué huele o a qué apesta la miseria de esta tierra en todos sus aspectos, y esto es maravilloso porque nos hace comprender hasta dónde llega el misterio de la Encarnación.
La Encarnación es, sobre todo, el asumir lo que la carne humana ha dejado, el rastro de sangre y de muerte que la carne humana ha dejado a lo largo de los siglos. Ahí, en ese pozo se hundió Jesucristo, para decir, desde el fondo de la miseria humana, que el amor de Dios es posible.
Con esa inmensa gratitud a Jesucristo por tanto amor, y con el deseo de participar en su destino, según nos lo conceda el Espíritu Santo,
Gloria a Dios hoy y siempre, y que Él complete su obra en nosotros.
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